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El ladrón de lo ajeno

Ya me dijeron que había gente que se apropiaba de lo ajeno. De lo que no era suyo. Hoy en día no te puedes fiar ni de tu propia sombra. Mi madre siempre me lo decía, hija mía no seas tan confiada. Y yo erre que erre, dejando las puertas de par en par y las ventanas abiertas. Y claro. Así pasó lo que pasó. Que vino el muy bandido y se apoderó de todo lo que era mío. Sin permiso. Sin llamar siquiera. Con toda la caradura que el chaval posee. Me ha robado hasta el alma y yo que creía que esa la tenía a buen recaudo. Y el corazón, que aunque no lo tenía guardado, tampoco es que lo tuviese expuesto en un tenderete, ahí a la vista de todos y al alcance de cualquiera. Y no crean que el chico está preocupado, que va. Se ha quedado más ancho que pancho el maldito condenado. Y ahí está todo feliz y sin condena alguna. Y se lleva mis besos con su boca traicionera. Y me roba las caricias con sus manos ladronas. Manos expertas. Y deja huella, porque no crean que no tiene el descaro de no usar guantes para ocultar su delito. No, no. Lo que yo os diga. No me he cruzado nunca con nadie que le sobre tanta desfachatez. Y hasta me sonríe cuando se apropia de mi nombre y lo hace suyo. Pero si hasta por robar me ha robado la vida, que ahora no soy capaz de que sea vida si no está él. Alucino. El chico lleva el delito en la sangre, porque roba flores a la primavera y me las entrega por sorpresa. Y le roba tiempo al tiempo y me lo dedica. Y se apropia de las letras de un poema y me lo recita. Y me regala mil y una formas de decirme que me ama. Un ladrón descarado, pero generoso. Una cosa a su favor sí tengo que decir, porque no es cuestión de pecar de injusta. Que me encanta. Y que yo también lo amo. En fin...que he decidido no denunciarle.

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