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Mostrando las entradas etiquetadas como Relatos románticos

Es tu tiempo de entender

¿Qué no entiendes ahora y a estas alturas de la vida? Voy a decirte algo y espero que te quede tan claro que no tengas la osadía de volverme a molestar. No porque considere que merezcas un minuto de mi tiempo. Digamos que lo hago por educación. O tal vez, por aquello que un día sentí por ti. Te amé por entero. Amé con absoluta locura todas las cosas de ti. Las buenas, las regulares y las no tan buenas. Perdoné cada hora que desaprovechaste y que amargabas. También te perdoné aquellos momentos en los que tu indiferencia se cruzaba por la esquina de mi amor. Solo se cruzaban. Pasaban de largo sin pararse a mirarse. Perdoné las ciento cuarenta y tres veces que me ofendiste con palabras en forma de dardos envenenados que usabas para descargar tu mal humor. Olvidé las ochenta y cuatro noches que dormiste en el sofá dejándome sola en una cama que era demasiada grande para mí sin ti. Guardé en el cajón del olvido los doscientos veinticuatro besos que no me diste al irte a trabajar .Mucha...

Un amor de noventa días

Yo era de colores fuertes. Los naranjas, los rojos. Y me hice adicto al azul claro, solo porque le gustaba a ella. Nunca me gustaron las pelirrojas y ella tenía hasta el último vello y lunar de ese color. Y me volvió loco. Me volví loco por ella. Sabía que me haría pedazos. Una y otra vez algo en mi interior me lo decía y una y otra vez, hacía caso omiso a mí mismo desterrando aquella desagradable sensación. Si ella me miraba, paraba el mundo para vivir más tiempo aferrado a sus ojos. Si ella me besaba o me abrazaba, odiaba el instante siguiente al que dejaba de hacerlo, porque sentía que me quitaba minutos de existencia cuando se apartaba. Si ella me hablaba, me dolía el instante después en que guardaba silencio. Añoraba su voz mucho antes de que se callase. Yo, que me molestaba la arena sobremanera, solo me faltó comprarle una playa para tenerla a mi favor. No había cosa en el mundo que para mí, ella no se mereciera a pesar de que me dejaba el alma a medio camino entre la vida...

Disparos a mis recuerdos

Es en este momento, cuando me toca coser el camino que se deshilvanó cuando ella se fue. No la pude retener conmigo. Me dejó el eco de su partida, en cada trozo de corazón roto y aún con el corazón totalmente deshecho, la añoro a rabiar. No he dejado de amarla aún y no sé si podré dejar de hacerlo algún día. Me toca arrancar cada día a sangre fría la costumbre de tenerla. Mi piel la nombra y mis manos la extrañan. Me arden los ojos de no verla y mis labios quedaron huérfanos de sus besos. Mi cuerpo es un desierto árido y seco sin ella. Le hace falta a la mitad de mi cama. Le hace falta al mundo que vivía con ella. Esa mujer, se ha convertido en el estribillo de mi vida y se repite una y otra vez en mi cabeza. E inunda mis noches con su recuerdo sin piedad alguna. Y llena mis días de tristeza absoluta. Me deshago cada día sin ella y me toca volver a construirme cada tarde. Para deshacerme otra vez por las noches y rehacerme de nuevo en cada amanecer. Es un círculo vicioso y d...

Sigo viviendo

Me he vuelto una mentirosa redomada. ¿O acaso cuándo digo que no puedo vivir sin ti, muero? No. Sigo viviendo. No dejo de respirar por mucho que me cueste. Los pulmones no paran de hacer su función y el corazón no deja de latir por más que diga, que en cualquier momento se parará de puro amor. Aunque mi piel se quiera morir cuando grita tus caricias. Y aunque mi garganta agonice  tu nombre, sigo viviendo. Aunque tu ausencia me haga jirones la piel del alma y mi memoria te extrañe a morir, sigo viviendo. Aunque mis ojos perezcan a veces porque no puedan ver el horizonte de los  tuyos. Y por más que quieras parar el mundo alrededor de mi cintura cuando me tienes y me posees, no puedes evitar que al marcharme, yo siga viviendo. Es mentira que muero. No es cierto. ¿Recuerdas las veces que morí en tu boca? ¿Entre las huellas de las yemas de tus dedos? ¿Recuerdas las veces que se me fue la vida mientras desfallecía entre tus brazos? Todo mentira. Mírame. Sigo viviendo. Aunque mi ...

Mordidas a contralejoj

Una y otra vez volvía al mismo lugar. Y una y otra vez yo estaba allí. Aún no me explico como se puede regresar tantas veces al sitio donde a uno lo dejan marcado. Pero ella, no cejaba y no iba a ser yo quién diese un paso atrás. Cientos de veces se retiraba y otras cientos se acercaba. Y viceversa. Hasta traspasar los límites. La piel erizada hasta el punto de sentir frío. La espalda arqueada sin poder evitarlo. Y a veces, hasta temblaba. Ella no se daba por vencida aunque hubo momentos de flaqueza por su parte. También los hubo por la mía. Su lengua era el faro que me iluminaba. Calor que me quemaba. Por dentro y por fuera. Y mis dientes la mordían. La marcaban. La comisura de sus labios eran cadenas que me ataban y el centro de su boca la cárcel de mis deseos. Le dolía en ocasiones, pero le gustaba. ¿Cuantas veces volvió aquella tarde a mi boca? Las mismas que yo la recibía. ¿Cuántas veces fue que le quise robar hasta la última gota de su esencia, mientras la cogía del pelo...

Lunas malgastadas

Que maldita la distancia que me priva de ti. Guardo las despedidas en la punta de mi lengua. Cuento los días para verte venir. Las noches no. Las noches se me hacen eternas y me pierdo en el conteo. Porque donde son cinco, me parecen mil y cuando voy por la ciento cuarenta y cuatro, me pierdo y no me apetece volver a contar. Que maldita la distancia que me roba tus sonrisas. Sonrisas que no recuperaré. Como el tiempo. Tiempo pasado, no recuperado. Las horas que no estoy junto a ti, ya no regresan. Se quedan inertes en las agujas de mi alma. Y se lleva tus miradas. Paisajes, caminos, lugares y calles que mirarás sin mí. Miradas que no capturaré porque se perdieron en los callejones de esta, nuestra lejanía. Que maldita la distancia que me hace desearte y me obliga a guardarme esta pasión en la boca del estómago. Y me arde en el interior. Y me quema la tráquea. Y te llamo, pero tu nombre se pierde entre los condenados kilómetros que nos separan. Noches perdidas. Noches pasadas. No...

Querido amor, espérame

Querido amor, espérame. Es el tiempo quién tiene mis llaves. Mi carcelero. El que esconde bajo varias vueltas de llave, mi libertad. El que amuralla mis deseos y le pone coto a mis anhelos. El que corta mis alas con tijeras de acero y me mira burlón mientras van cayendo al suelo. No siente piedad ni por una sola de mis lágrimas. Querido amor, espérame. Es el reloj mi carcelero. El que me aprieta y me somete. El que me asfixia. El que me muerde con sus manecillas afiladas. El que opaca mis días con sus múltiples esferas. Se guarda el sol para él. Y me deja languideciendo en un rincón de la melancolía. Pálida y blanca. Y le añade horas a mis amaneceres. Para que aún sean más largos. Y le incrementa días a los meses. Que ya no son treinta, sino cuarenta y cinco. O cincuenta. O más. Y le incrementa minutos a las horas. Que ya no son sesenta. Sino noventa. O muchos más. ¡Qué sé yo! Querido amor, espérame. No tienes ni idea, de cómo se ríe en mi cara acomodado en su sillón. Y no due...

El lector

Me tocaba documentarme y fui a la biblioteca. Era pequeña y antigua y además, la única de mi ciudad. Eso la hacia aún más especial. Disfrutaba muchísimo buscando en las estanterías cada libro que me sirviera para tal fin. Internet ayudaba, pero soy de los que se sienten cautivados por el olor a polvo de cada libro que descansan a la espera de alguien como yo. Me retrasaba eso mucho el trabajo pero hay cosas que valen la dulce espera. Y esta era una de ellas. Entre libros olvidados de la mano de Dios y también del plumero de alguien que los desempolvara de vez en cuando, estaba la chica que me iba a traer de cabeza esa tarde. Por no decir la vida. Leía un libro y constantemente alzaba la vista y miraba a través de la ventana. O la dirigía mirando por toda la biblioteca. En una de esas me vio, me mantuvo la mirada y me sonrió. Me provocó la sensación de protegerla. Fue su sonrisa. Leí detrás de esa sonrisa, su tristeza. No sé. Siempre he tenido esa habilidad. O manía. No sabría cata...

El ajedrez

Lo siento mucho. Siento ser yo la causa de tus desvelos. Que mis ojeras sean el motivo de las tuyas. Pero ya sabes madre, como son las cosas del amor. Esta astilla no me la sacas con las pinzas de tu neceser, ni me curas este dolor untando tu dedo con saliva. Que no, madre. Que no. Que me ha dejado el alma hecha polvo y que tu trapo no es capaz de limpiarlo. No te pongas el delantal para ordenar lo que me desordenó. Que no. Que por más que te empeñes las madres no podéis curarlo todo. ¡Ay madre! Que me he convertido en la palabra de un verso inacabado. Que me duele los besos que ya no me dará y llevo clavado su ausencia como esos alfileres de tu costurero. Que me cuesta vivir madre. Que lo echo mucho de menos. Que me cuesta respirar si no lo tengo. Que no, madre. Que tu sana sana, culito de rana, si no te curas hoy, te curarás mañana, no alivian las heridas que él me provocó. Y no enciendas la lamparita, no vale de nada. Ahórrate la luz, que no le da claridad a esta oscuridad. Y...

Cobardía o torpeza

No podía evitar pensar en él. Se había levantado esa mañana y lo tenía dentro de cada uno de sus malditos pensamientos. Si abría los ojos lo veía y si los cerraba, lo pensaba. No sabía que hacer. Tampoco era cuestión de estar pestañeando todo el rato. Ya tenía bastante quebradero de cabeza para que encima le escociesen los ojos. Pensar en él, era algo así como pensar en una tarde fría y en un cálido y humeante chocolate a la taza. Hoguera encendida. Olor a madera. Crujir de sentidos. Explosión de sensaciones nuevas y algunas desconocidas. Calidez. Esa era la palabra justa que definía en su conjunto todo lo que le rondaba la cabeza. Calidez. Hay historias que terminan antes de empezar. Eso mismo pensó ella, mientras lo empujaba a él y a todo lo que le provocaba, de la misma manera que son empujadas las nubes en un día de viento. Y se quedó con el alma llena de letras que le incumbían a él y que tal vez desease toda la vida haber escuchado. Y amordazó su garganta para que las ...

El reloj hace trampas

El reloj hace trampas. Lo he comprobado hoy. El tiempo pasa demasiado deprisa cuando estoy junto a ti y demasiado lento cuando no estás. El segundero corre veloz cuando me recorres la piel y las madrugadas. Y el maldito condenado se para, cuando llega el amanecer y con ella, la ausencia de tus manos. Oigo tu tic tac lento burlándose de mí. He querido hacer un pacto con él y hacer interminable las horas, cuando me haces el amor. Le he rogado que detenga su caminar y así morirme más lentamente bajo las líneas de tus manos. Que convierta en días los minutos, cuando me robas la esencia poro a poro. Beso a beso. Gemido a gemido. Caricia a caricia. Que se haga interminable tu viaje desde mi cuello a mis pies. Desde mi pelo a mi espalda y desde mi nuca a mis caderas. Pero el reloj implacable y el tiempo guardado en sus manecillas, me ha dicho que no. Que no hace pactos con nadie. Que me conforme. Que aproveche cada instante en los que me haces tuya. Que eso es lo que hay. Y que si me parece...

Las cosas que me callo

Hay tantas cosas que me callo. Me callo, que sin ti la vida es solo una función de teatro, con marionetas rotas y el telón deshilachado. Que el tiempo que estoy sin ti, es agua que se infiltra hasta en la piel de mis pulmones. Que te has convertido en mis momentos más dulces, pero a veces eres el vino fuerte y amargo que me quema y me amarga el paladar. Imposible de mantener en la boca y tragar. Me callo, que no soy junco en el río al que ningún viento le sopla. Que no tengo su fuerza. Que le haces falta a mis horas, a mi habitación, a mi pluma, a mis letras, a mi inspiración y a mi cama. Que te quiero en mi aire, en mis manos, en mi sofá, en mis deseos callados y gritados y en mis cuadernos de notas. Me callo que le haces falta a mi llanto, a mi rabia, a mi soledad, a los días de mi semana, a mi calendario y hasta a la página marcada del libro, que no soy capaz de terminar de leer. Me  callo, que muchas son las mañanas que me pesan tanto, que no puedo ni retirar las sáb...

Quédate conmigo siempre

Has tatuado tantos recuerdos en mi cuerpo, que si un día tuviese que olvidarme de ti no sé como lo haría. Me propuse que me amaras y me dejé la piel en ello. No cejé en el empeño. Y conseguí que me dijeses los te amo que me advertiste, que nunca dirías. Y convertí en flores frescas, lo que antes eran pétalos deshojados. Y a pesar de ser enemiga de las ataduras, vives aferrada a mí y a mis noches. Y te he descubierto, apasionada y loca. Capaz de amarme, con todas las fuerzas que posee un corazón indomable y rebelde como el tuyo. Tan independiente y sin embargo, tan dependiente de cada caricia que le impongo a tu piel. Y te hago mía sin que nada me pare. Le pones melodía a mi alma cada vez que gimes. Y he hallado tus sonrisas de niña, que guardabas con llave. Eterna soñadora. Nubes blancas y altas donde tengo que subir, para encontrarte a veces. Mi mejor historia. Buscadora de letras y pequeños tesoros. Terca pero cercana. Casi al alcance de la mano a veces y lejana como una estrell...

¿Te quedó alguna duda?

Siéntate a mi lado, que quiero hablar contigo y dejarte algo claro. Preparé café. Delante de un café, como que me salen mejor las palabras. Y perdona que fume. Sé, que te molesta el humo del cigarrillo. Y ahora escúchame. Uno no va por ahí buscando el amor. Ni mendigándolo como el que extiende la mano, a ver si le cae alguna moneda. El amor aparece y te deja a merced de los vientos que quiera soplar. Da igual lo que hagas. Cuando te alcanza, te da lleno. Y hace escombros, hasta los muros más reforzados, con los que te acorazaste. Y si no, mírame a mí y míralo a él. Mira tú que hay calles, ciudades, países, estados y naciones. Fíjate que hay días, meses, años y épocas. Mira que hay gente, millones de personas. Mira que hay esquinas, tiendas y bares. Bueno, pues resulta que vamos a coincidir en el mismo lugar y a la misma hora, los dos. Y bendita coincidencia, ¿no? ¿Y qué carajo me importa si fue el destino, la casualidad o yo qué sé? ¿Y que demonios me interesa quién o qué, con...

¿Por qué te elegí a ti?

¿Por qué te elegí a ti? Si te digo la verdad, aún no lo sé. Quizás  porque sin esperarte, llegaste como un pirata y me saqueaste el alma. Así. Sin más. Y desde entonces, te has convertido en el barco, la fragata y el galeón de mi vida. Y es tu columna vertebral, mi quilla. Tu pecho mi babor y tu espalda mi estribor. Y es tu cuerpo, el ancla que me fija a ti sin condición. Y es tu amor, la bandera que ondula en el mástil de mi corazón. Experto, en hacer nudos marineros que me atan irremediablemente y me deja sin salida. Tal vez, porque lo mismo eres la ola que mece suave mis momentos, que eres la ola furiosa, que me arroja de un golpe a la orilla de tus deseos. El río bravo que me hunde en la locura o el río manso que me devuelve la cordura. Nunca sé a lo que atenerme contigo. Lo mismo navego por las aguas tranquilas de tus palabras, que naufrago por las aguas turbulentas de tus caricias. Mar Mediterráneo y  océanos Pacífico, Atlántico, Índico, Ártico y Antártico que d...

¿Qué no entiendes?

Te amo desde que te conozco. ¿Qué no entiendes? Cientos de inviernos tortuosos, golpeaban las puertas de mi vida. Gélidos vientos, se colaban por todas las ventanas de mi existencia. Mis días eran eternidades varadas y sin sentido. La nieve cubría con su interminable manto blanco, las barandillas de todas las escaleras de mi alma. Muertas las sonrisas y lleno de desganas. Hasta que te conocí. Y llenaste de primavera, hasta los rincones más congelados. Y colmaste mi marzo, mi abril y mi mayo, de camelias, lilas, narcisos y tulipanes. De alhelíes, hortensias y magnolias. Y es tu ombligo, el que contiene las gotas de rocío que muero por beber con avidez, una y otra vez. Y tiene tu piel, el color blanco e impoluto de los almendros en flor. Estoy enamorado de ti. ¿Qué no entiendes? Si eres, la bóveda celeste del firmamento de mis noches y cada caricia tuya, astros que  quiero que me guíen por siempre. Que yo no soy poeta y mira lo que te escribo. Que quiero vivir contigo. Tener...

Las ocho y cuarto pasadas

El reloj de la estación, marca las ocho y cuarto pasadas. Te has ido,  y creo que no te he dicho te quiero, las veces suficientes. Lo noto, porque me bullen en el pecho esas palabras, como mariposas aleteando descontroladas. Y me duelen. También creo que no fuiste mía, bastantes veces. A los días, les han faltado horas para amarte. Y las noches, han pasado demasiado rápidas. Así lo siento, porque ardo en deseos de ti, aún. En este instante. Y me quema en el estómago, estas ansias no saciadas. Creo que no he prendido de tu  pelo, las veces suficientes los rayos de esa luna que nos ha acompañado, este fin de semana. Por más que he tratado de hacer y de decir. Por más que he intentado vivirte en cada momento. Por más que he querido hasta  beberte, me he quedado con la sensación de que no ha sido suficiente. Me ahogan, todos los te amo en la garganta, a pesar de los cientos de veces que te lo dije en susurros, a gritos y a gemidos. Sé, que el momento de partir llegaría. ...

Si me voy un día

Si me voy un día, búscame detrás del silencio. Ese silencio, que contienen más palabras, que las que digo en voz alta. O detrás de la luna, a veces me cobijo allí, cuando las noches no acaban de aclarar.  No me busques detrás del sol, me lastima los ojos y evito estar cerca de él. O en la casa de la soledad, hay días que tomo café con ella. He de decirte, que tiene mala fama, pero no es tan desagradable como cuentan. Búscame en tus despertares o detrás del sonido de tu voz. Si me voy un día, búscame dentro de las páginas de cualquier libro. O dentro del poema, que escribió aquél poeta herido. Sí. Ese al que un amor hizo desgraciado y va derramando tinta, por donde quiera que vaya. O dentro de los renglones de nuestro amor. O en cualquier calle de cualquier ciudad. Es cierto, que a veces me escondo o me pierdo. No me  busques en los folios que están sin escribir, porque no me gusta el vacío. Si me voy un día, que mi ausencia no te pese. Que tu alma no salga lastimada, si...

La chica del vaquero

Era la primera vez que iba a visitar, una de las oficinas que tenía en otra ciudad. Llevaba tiempo planeándolo, pero mi cargo no me permitió hacerlo hasta ese día. Iba pensando en como actuar, para que el nerviosismo, no atacara al personal. Generalmente, la llegada del jefe, solía incordiar. Y no era mi intención en absoluto. No nací con este traje ni con este puesto. Me lo curré mucho. No había mucha distancia desde el hotel a la oficina. Era temprano y siempre me gustó caminar. Fue así, como me crucé con ella. No era bella, de esas que te tiran para atrás. Pero me cautivó la forma que tuvo de mirarme. No sé, entre retadora, descarada y una pizca de picardía. Su delito fue sonreírme y mi condena,  desear que esa sonrisa, fuese la que viese cada mañana al despertar. No pude aguantarme las ganas y le pregunté por la dirección de una calle. Me hice el despistado y usé la excusa para acercarme. Ella, me indicó amablemente y, al escucharla, quise que el timbre de aquella voz, me ...

No quiero estar aquí

No quiero estar aquí donde la soledad tiende un puente y me obliga a cruzarlo, donde el tiempo se ríe en mi cara y pasa lento. Donde los candados han perdido sus llaves, donde las cadenas contienen demasiados eslabones. Donde las rosas no florecen porque el invierno, no acaba de irse. No quiero estar aquí, donde las noches me deja heridas que luego, no sé como curar. Donde las mañanas me visitan burlándose de mí, donde el silencio ronda cada  parte de mi ser. Donde la música se escabulle y no logro oírla. No quiero estar aquí, donde suena el eco del vacío de tu ausencia. Donde la tristeza me golpea sin piedad y me vence en ocasiones. Donde tu nombre se pierde en el horizonte de mi alma.  No quiero estar aquí, donde estoy yo. Quiero estar ahí…donde estás tú.