Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Relatos sobre toda clase de injusticia

Me llamo Sofía y esta es mi historia

Me llamo Sofía y esta es mi historia. Desde dónde estoy apenas puedo ver un trozo de cielo. Hay noches que ese mismo trocito me regala, la hermosa visión de un puñado de estrellas. Me encerraron aquí por loca. Sin estarlo. Pero fingí bien. Le robo a la locura, retazos de cordura para no volverme loca de verdad entre estas paredes blancas. A veces salimos al patio. Y me cruzo con locos de verdad. Está la chica esa que mece una muñeca sin cesar, en recuerdo a su hija muerta. Siempre tiene la misma cantinela de la misma nana. Con su camisón blanco y arrastrando los pies. La mirada perdida en un punto fijo. Me provoca ternura, pero si me acerco me muerde. Ya me mordió una vez y tuvieron que cogerme puntos. Está el señor Abelardo. Sentado en un banco y hablando a todo aquél que lo quiera oir, sobre guerras pasadas, días de hambre y miserías humanas. Hay demasiada gente aqui. Cada uno con su historia, con su propia locura. Al llegar aquí, me tuvieron confinada durante largo tiempo. No sé ...

Espinas en sus manos

Cuándo lo vi por primera vez supe que venía a por mí. Pisando fuerte, con la seguridad esa que te da tener la razón siempre de tu parte. Orgulloso cómo un sol cuándo prevalece sobre las nubes. La mirada segura y sin bajarla jamás. Alto y fuerte como un junco. Siempre me hacía sentir pequeňa a su lado cuándo me miraba desde su pedestal de rey. Se convirtió para mí en el gran amor de mi vida. En ese amor que creo que sólo se siente una vez. Ese loco y apasionado sentimiento que  traspasa y rompe todos los muros del alma más cerrada. Ahora, años después de casarnos, cuándo escuchaba las llaves en la puerta, siempre me preguntaba de qué manera venía a por mí. Me fijaba en sus manos. Si traía rosas, esas rosas que yo ahora detestaba más que a él, era para implorarme perdón por haberme partido la cara. Si las traía vacías, ya se encargaba él de llenarlas del dolor que me dejaba cuándo terminaba conmigo. Aún no había nacido rosa en el mundo,que pagara lo que aquél hijo de puta me hacía ...

Los guantes nuevos (Cuento de Navidad)

Las calles se engalanan y las luces de mil colores estallan en mi retina. La música que se desprende de algún sitio llega hasta mí. Villancicos de siempre, letras ya conocidas. La navidad no es como antes.  No hay gente cantando por las calles. Hasta el olor ha cambiado. Observo a las personas caminar, con la cabeza gacha y el andar apresurado. Siempre llevan prisa. Desde mi pedestal no hago otra cosa que mirar, observar. Apenas me ven, soy una estatua que se mueve por dinero. No es que me guste la Navidad, hace tiempo que dejé de creer en la magia que algunos creen que tiene. Pero me vienen bien esta fechas.  A la gente que no les preocupa nada ni nadie en todo el año, les nace un sentimiento pasajero, efímero y  bondadoso que les hace tirarme alguna moneda.  Ya está. Se van felices porque ese gesto callan sus conciencias.  Me miran con la lástima que en otro mes cualquiera cambian por desprecio. Me gusta la Navidad simplemente porque ...

Se le olvidó mi nombre

Jugueteaba con la bastilla de su vestido, la agarraba, se la enrollaba entre los dedos para luego soltarla y alisarla con la mano con absoluta parsimonia.Llevaba rato haciendo lo mismo, sentada en su sillón con un mullido cojín en la espalda que hacía que su cuerpo se encorvara ligeramente hacia delante. De vez en cuando levantaba la cabeza y me miraba, entonces se ponía muy seria. Yo la miraba buscando en sus ojos algún sentimiento, algún pensamiento dicho en voz alta. Hacía tiempo que no hablaba más que alguna palabra suelta,sin sentido para mí aunque tal vez, con algún sentido para ella. No recuerdo el día en que su pelo se volvió tan blanco, ni de cuando su cara se surcó de arrugas, tampoco recuerdo cuando sus manos, antaño enérgicas y seguras se volvieron quebradizas e inseguras.Lo que sí recuerdo con total nitidez, es el día en que dejó de llamarme por mi nombre, recuerdo la primera vez que me miró y supe que me había convertido en una extraña para ella. Me...

Deshumanización

No han sido pocas las veces que he pensado en como en el mundo en que vivimos, nos lleva a una total deshumanización. Comemos mientras vemos en las noticias como miles de muertos aparecen en la pantalla por  guerras absurdas. Hacemos nuestra vida normal mientras escuchamos como una madre que objeta como eximente locura temporal, ahoga a su bebe en una bañera. Paseamos por calles, mientras vamos sorteando a pobres que extienden las manos para conseguir una mísera lismona y no nos paramos jamás a pensar en cuál fue el motivo que los llevó a esa lastimera situación.  Cenamos mientras visualizamos en la televisión, cómo periodistas y colaboradores de tres al cuarto, cuya única misión es que cuánta más audiencia mejor, sin importar la cantidad de daño que puedan hacer a personas que en la mayoría de los casos, son personas de bien, ganan ingentes cantidades de dinero, mientras que la mitad del pais tienen que vivir con cuatrocientos euros  de pensión al me...

El cazador de zorras

Me levanté como pude con el cuerpo dolorido, un hilillo de sangre me caía por la comisura de los labios debido al fuerte puñetazo que él me propinó. Me costaba respirar, las costillas las tenía profundamente lastimadas y magulladas, así como lastimada y magullada tenía el alma. Vivía con un monstruo que temía al caer la noche. ¿Cuántos años llevaba así? Para mí muchos, para mis huesos muchos más. -Mami... mami, ¿qué te ha pasado? Por qué tienes sangre?. El corazón se me partió en mil trozos al escuchar la voz de mi hijo preguntándome aquello. Yo siempre lo mantuve al margen e hice todo lo que había estado en mis manos para que aquel ángel no sufriera, hasta esa noche. Lo acuné en mis brazos, en mi regazo, quise fundirme con él. -No pasa nada corazón mio, la mami se ha caído. -Mami, ven al cuarto de baño que yo te curaré. El monstruo pasó por mi lado murmurando: -El día menos pensado mato a esta zorra. -Mami, ¿ por qué papá dice que matará a una zorra?- preguntó ...

Soledad y su soledad

Soledad tenía el pelo blanco y desmadejado como una de esas nubes que forman figuras caprichosas en el cielo si se las mira detenidamente. Las manos arrugadas y callosas, fruto del tiempo y del trabajo. Los ojos azules como zafiros y profundos como el mismo océano. Solía sentarse al sol en el banco más cercano a la fuente del jardín. Decía que le encantaba escuchar el agua correr. También le gustaba ver los destellos de colores que producía. Tenía que ponerle siempre vestidos con bolsillos delanteros por imposición de ella, ya que les servía, según decía, para guardar la  foto de su familia. En ella se podía ver a dos niños pequeños en el regazo de su madre. Se pasaba el día mirándola y a veces hasta la veía acariciarla con ternura. María, una anciana de pelo corto y rizado, vestida de negro siempre y enjuta como una vara, me contó la breve historia de Soledad.. Soledad tenía dos hijos.   Eduardo, teniente de la guardia civil y Roberto,...

Hola, me llamo Elisa

Hola, me llamo Elisa  y tengo nueve años El marido de mi mamá se llama Mario y desde hace un año se mete todas las noches en mi cama . Me dice que si digo algo le hará daño a mi hermanita pequeña, que ahora tiene dos años y yo la quiero con toda mi alma. Tengo el deber de protegerla porque mi mami no puede, ya que casi siempre está acostada, dice que está malita pero yo creo que me miente, que no está malita,  que lo que está es borracha ya que cuando me habla tengo que apartarme mucho porque su aliento me recuerda al de mi papá que está en el cielo. Hace tiempo que murió pero ese olor se me quedó grabado en las fosas nasales, que es así como los adultos suelen referirse a la nariz. Los médicos le dijeron a mi mamá que murió de cirrosis. No sé que es eso, pero creo que tiene algo que ver con beber mucho alcohol. Pero era bueno y cuidaba de mí. Me llevaba al parque y me compraba algodón dulce.  Me paseaba en los columpios y hacíamos castillos en la arena...

Carlitos

Carlitos era un niño flacucho, desgarbado y muy poquita cosa para su edad. Tenía diez años, en cambio no aparentaba más de siete. Siempre le caía un flequillo rubio por los ojos. Costaba trabajo saber de qué color los tenía precisamente por ese motivo. A veces llevaba el pelo mojado producto de una ducha reciente y ahí sí que se podía distinguir que sus ojos eran negros como el azabache, profundos, tan profundos que si los miraba largamente parecía como si de golpe hubiera crecido diez años más. Era la mirada de un niño que a pesar de su aspecto y de su edad, de repente se convertía en adulto. Carlitos, que era como le solíamos llamar los compañeros de clase, era un chico solitario, asustadizo, que a la primera de cambio daba un respingo. Solía ser el blanco perfecto de todas las burlas. No hacía mucho tiempo que había venido al pueblo y por lo tanto al colegio. Cuando lo vi por primera vez, supe que su existencia no era nada fácil. Cuando tenía oportunidad lo defendía de los compa...

De manta, unos cartones

Allí en el suelo duro de una calle cualquiera la veo dar vueltas y más vueltas tratando de acomodarse para poder conciliar el sueño. Un sueño que quizás por unas horas la transportará a un mundo diferente del que vive actualmente. He visto como ha recogido unos cartones que le servirán de manta esta noche y he visto cómo ha despreciado otros. Ayer pude hablar con ella, no me fue fácil hacerlo, es huraña y solitaria. Me dijo que tenía cuarenta y cinco años pero aparenta quince más, comentario que por supuesto me callé. Si me acerco y la miro detenidamente casi le puedo contar las arrugas de su cara, que más que arrugas me parecen surcos. Surcos profundos que recogen todas y cada una de sus penas. Su mirada contiene un pozo de tristeza, como tristeza guarda igualmente su alma. Sé que ha debido de sufrir muchísimo, se le noto en su aspecto, en la cansina forma que tiene de caminar, en esa manera de mirar que tiene. Me cuenta con esa voz que parece desgarrarle la garg...