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Mostrando las entradas etiquetadas como Relatos sensuales.

Tú y tus trampas

El eco de tu deseo golpea las paredes y el techo. Y retumba en la ventana. Te veo venir y subo la guardia. Esta manía mía por vencerte. Aunque no me sirve de nada. Llevas esa certeza en el bolsillo de tu pasión. Y sé que también hoy, quedarán marcadas tus huellas en mi ADN. Sé de sobra que tu voz es la trampa que me tiendes y sé de igual forma que no es la única. Eres tú, el que manejas el hilo de mis jadeos. Y eres tú, el que entra a matar cuando así lo decides. El que me deja en manos de tus manos que se paran y se detienen a su libre albedrío. El que se apodera de mis ganas y las maniobra según te conviene. Es tu boca la que reclama sin clemencia, cada peca de mi piel y la esencia húmeda de mis centros. Tú el que me empuja y tú el que me contiene. El que me hace bailar al son de cada suspiro tuyo. Tú el que me desarma y me ganas. Tú, el que hace que cierre mis puños con fuerza mientras juegas con los huesos de mi columna vertebral. Tú, el que tira de mis caderas y tú, el qu...

Como si me odiaras

Deja en la mesita de noche la ternura que te hace honor. Y deposita la dulzura que te precede, en los bolsillos de tu pantalón. Ya la volverás a usar cuando terminemos. Esta noche no me desnudes. Arráncame la ropa. No me quemes a fuego lento, quiero arder a la primera. No susurres mi nombre, quiero que me llames a gritos. Esta noche, quiero que rompas reglas, que no controles, que me toques hasta que mi piel se queje. Hazme desear, más y más. Que tus caricias no dejen huellas, sino surcos. Hazme gritar. No quiero que me beses, deseo que me muerdas. No quiero que seas brisa que me roza, sino huracán que me tumbe. Que quiero arder en el mismo infierno. De puro placer. Se mi dueño esta noche sin condición. No me cojas las caderas, aférrate a ellas y haz de mi cuerpo tu fortaleza. Haz de mi pelo, la brida de tu montura. Blíndame a tu boca y a tu pecho, con cadenas de acero y haz que no me importe, si el mundo se acaba ahí afuera. Esta noche, conviérteme en tu enemiga y no me tengas pi...

Guerrero vencido

Esa mujer me gusta. Espero el momento preciso. Soy cazador furtivo y ella mi presa. La conozco bien. Intenta controlarse, pero sé que no puede. Tengo una carta a mi favor. Y la uso sin darle tiempo a reaccionar. Mi voz. Sé que el tono de mi voz, la descontrola. Fierecilla domada, en cuestión de segundos. Le hablo y la envuelvo. Me meto en su oído. Y hago viajar el sonido, hasta el mismo centro de su alma. Me gusta también su alma. Siento como se para su pulso casi, en el intento fallido de no caer rendida ante mí. Mujer, de batallas continuas. Le gusta pelear, pero las armas que usa, son de papel frente a las mías. Hojarasca seca entre mis manos. Es guerrera vencida, porque no le doy cuartel alguno. Y me apodero con paso firme de su espacio. De su cama. De sus sábanas. Y de las palabras que no le salen. Y me adueño de sus silencios delatores. Y mis manos entrelazan las suyas, mientras me muevo dentro de ella y con ella. Y mi cuerpo, aprieta fuerte ese cuerpo al que amo. La quiero...

No pronuncies mi nombre, mi amor

No pronuncies mi nombre, mi amor. Porque entonces beberé de tu boca las gotas de savia que contienes y no responderé de mis actos. Me declararé ladrón de tu piel y la marcaré entera con mis dientes. De tus pies hasta tu frente. No pronuncies mi nombre, mi amor. Porque dejaré de ser el humano que soy y me convertiré en animal cuándo te oiga nombrarme.Y preñaré las sábanas del olor que  emanarás y quemaré tu cuerpo con la yema de mis dedos. No pronuncies mi nombre, mi amor. Porque tendrás que perdonarme estas ganas y estas ansías de apoderarme hasta del aire que depositarás en mi oídos cuándo mis caricias te eleven. Me enervas y no sabes de qué manera. Tus piernas serán las puertas que querré abrir con absoluta desesperación y locura. No pronuncies mi nombre, mi amor. Porque entonces mi voluntad pasará a ser, voluntades perdidas y no podré pensar en nada más que hacerte mía una y otra vez. Y tendrás que disculparme esos locos y apasionados movimientos que te harán esclava de mi cue...

Las diez en punto

Tengo el billete en la mano y el silbato del tren junto con la voz del megáfono, hacen que me apresure a subir. Vagón siete. Asiento A16 ventanilla. He quedado contigo y llevo en la maleta las ganas que te tengo y los te amo que te debo. También puse junto con mi ropa interior, los besos y abrazos que te dirán lo que hasta ahora he callado. A veces, las palabras no transmiten todo lo que me haces sentir. Miro el paisaje que más que pasar, vuela. El reloj marca las diez en punto. Dos horas y estaré junto a ti. Me muevo en el asiento. Estoy nerviosa. Las manos heladas y el corazón desbocado que siento en el pulso de mi garganta, son muestra de ello. En un suspiro pasa el tiempo y el tren se detiene en la estación dónde me esperas. Te veo venir. Me quedo parada en las escalerillas con la indecisión colgada de mis pies. Mientras te acercas, te miro y soy incapaz de que mi cuerpo reaccione y termine de bajar. Cuándo me miras licuas mi sangre. La siento hervir. Ya no siento el corazón, cre...

La ladrona de mi ser

Anoche la tuve entre mis brazos. He de confesar que mi ego masculino deseaba hacerla temblar. Quería que muriese mientras pensaba en las mil y una forma de hacerla mía. Le cedí el paso para que ella pasara delante de mí y su nuca quedó a merced de mi boca. La besé mientras le susurraba que la quería. Pero deseaba saberla  rendida. Quería desnudarla de toda razón que le pudiese quedar. Mientras acercaba su cuerpo al mío con suavidad, el destino de mis dedos chocó con la cremallera de su vestido, que bajaba lentamente mientras mi lengua le quemaba su boca. Y temblaba, allí de pie, la sentía temblar cómo una hoja. Y me gustaba. Quería poseerla. Que no fuese capaz de desear nada más que no fuera el siguiente beso. La siguiente caricia. Y seguía temblado. Y me encantaba. Y vestí mi impaciencia de paciencia para hacer eterno cada momento. Manejaba yo la situación. Controlaba cada una de sus reacciones. Ella, no era capaz de hacer nada que no fuese entregarse sin medida. Sentí en ella a...

Parada número veinte

El autobús se detuvo en la parada número trece. Ese era su destino todas las mañanas excepto aquella, hoy era día de hacer gestiones y le tocaba ir más allá. La puerta se abrió y entró ella. Se la quedó mirando mientras caminaba hacia él con aire ausente. Su vestido se movía al compás de sus caderas. Los senos que se adivinaban detrás, le produjo un click de auténtico deseo en algún rincón de su cabeza. Aquella mujer llevaba escrita la palabra pecado hasta en el hueco de su garganta. Se fijó en su boca y se vió a si mismo saboreando hasta el último espacio de ella. Ella giró un poco la cabeza y lo miró, pero sin prestarle atención, cómo quién mira sin ver realmente.  Sólo fue un instante. Un segundo. Pero aquella mirada lo partió en dos. Se giró cuándo terminó de pasar y el contoneo de su trasero hizo que sintiese cómo su sangre hervía y le quemara cómo lava de volcán. No recordaba haber experimentado jamás aquél deseo tan intenso. Él era un hombre tranquilo, sosegado e incluso ...

Su voz

Era el tono de su voz, el que la llevaba a la bendita locura de desearlo con puro y absoluto fervor. Ignoraba que la pasión pudiese  viajar a aquella velocidad hasta introducirse de tal forma en su sangre, que la dejaba sumida en el más profundo de los delirios. Y sus silencios. Esos intervalos de silencios, que decían tanto sin decir, esos ya le hacían desear un camisa de fuerza, para impedirle no tirarse a su yugular. Y morderlo con ganas. Hasta hacerlo gritar de dolor. Y el deseo de clavarle las uñas en la espalda, hasta hacerle suplicar que bajase el ritmo de la presión, casi se convertía en el más prioritario de sus objetivos. Esa voz viajaba desde su oido hasta el mismo centro de su ser. Y la elevaba para luego dejarla caer. Y la enervaba. Y convertía cada uno de sus poros en volcanes líquidos. Era entonces cuándo las sábanas se aliaban para ser cómplice  de aquél lacerante fuego. No era capaz de pensar en otra cosa que no fuese en que la hiciera suya de pleno. En aque...

El beso

Vuelvo a verte otra vez. No me dió tiempo casi a enterrar tu recuerdo y te apareces de nuevo. O fui yo quién te buscó. No lo recuerdo. Y tampoco es algo que me importe. Pero vuelvo a olerte y me pierdo en ese aroma que no me deja pensar. Y te acercas y me cuesta hasta respirar. Intento mantener el control, pero el fuego de tu mirada y el tono de tu voz, me llevan a la maldita locura de querer perderme en ti. Intento resistirme. Si cierro los ojos y no te veo, lo mismo puedo hacer acopio de la escasa voluntad que me queda. Pero no puedo dejar de aspirar tu fragancia. Llevas el perfume que te regalé. Me invade por dentro ese olor y eso hace que se me erize la piel. No hacía tanto calor hace apenas unos minutos. Acortas la distancia y siento tu aliento cuando te acercas a mi boca. Me paralizas sin haberme tocado todavía. Me enerva pensar en todo lo que me va a provocar ese beso. Cierro los ojos y me dejo llevar. Quiero volver a sentir ese deseo que nos hace hasta temblar. Abro de nuevo ...

Maldita agonía

Cada beso que nos damos lleva el sello del pecado. Cada deseo que sentimos nos sacude por dentro y  hace despertar de golpe cada fibra dormida. Cada roce que nos regalamos nos duele. Porque pensamos que puede ser el último y casi nos da miedo hasta tocarnos. Y siento cómo late tu corazón cuándo me voy acercando. Y mi piel se eriza con sólo escuchar mi nombre en tus labios. Y te nombro y hago mio tu nombre, para sentirte más dentro.Y nos morimos cada noche un poco, por el temor de que al amanecer alguno de los dos ya no esté. Y tenemos los días contados. Sabemos que esto es una cuenta atrás y nos vamos devorando con el temor de oir el crujido de la despedida. Y en un acuerdo tácito guardamos  cada uno de esos momentos para que queden grabados en nuestros cuerpos cómo tatuajes en la piel. Y llevas mi perfume en cada uno de tus poros. Y llevo el sonido de tu voz, en el fondo de mis oídos. Y no olvidaré ni uno sólo de los "te quiero"que me brindó tu boca. Hasta las miles de pal...