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Mordidas a contralejoj

Una y otra vez volvía al mismo lugar. Y una y otra vez yo estaba allí. Aún no me explico como se puede regresar tantas veces al sitio donde a uno lo dejan marcado. Pero ella, no cejaba y no iba a ser yo quién diese un paso atrás. Cientos de veces se retiraba y otras cientos se acercaba. Y viceversa. Hasta traspasar los límites. La piel erizada hasta el punto de sentir frío. La espalda arqueada sin poder evitarlo. Y a veces, hasta temblaba. Ella no se daba por vencida aunque hubo momentos de flaqueza por su parte. También los hubo por la mía. Su lengua era el faro que me iluminaba. Calor que me quemaba. Por dentro y por fuera. Y mis dientes la mordían. La marcaban. La comisura de sus labios eran cadenas que me ataban y el centro de su boca la cárcel de mis deseos. Le dolía en ocasiones, pero le gustaba. ¿Cuantas veces volvió aquella tarde a mi boca? Las mismas que yo la recibía. ¿Cuántas veces fue que le quise robar hasta la última gota de su esencia, mientras la cogía del pelo...

Silencio en el tintero

Las palabras, hace semanas que están llenas de silencios. Silencios que gritan en mi interior y retumban en las paredes. Que condenado folio blanco, con su inmaculado color que tantas veces me mira y me hiere. Y que maldita la pluma que no derrama ni una gota de tinta. Hasta el tintero se secó. Ya no escribe sobre amores prohibidos, ni desamores. Ni sobre la soledad que emerge una y otra vez. Tampoco escribe sobre amores con final feliz ni sobre amores desgraciados. Se han secado los te amo y los te quiero. Se le fue la tinta como sangre emanando de una herida abierta. He intentado recogerla, pero lo único que he conseguido es poner todo perdido. Encima me toca limpiar el desastre ocasionado. En mis manos, quedan las huellas de ese tintero que tantas veces derrochó poemas en su nombre. A tu nombre. Que lo mismo escribía a la vida que a la muerte. Muerto el tintero y rotos los hilos que tantas letras unió en tardes como esta. El sol sigue entrando por mi ventana y la luna sigue espera...

Maldita la duda

Se sentó en su misma mesa. Cruzó su misma esquina. Respiró su mismo aire. Anduvo sus mismos pasos. Miró en su misma dirección. Y en su nuca se instaló su aliento. Lo sentía detrás. Y le gustaba. Su solo presencia convertía su piel en sensaciones desordenadas. En piezas de puzzles que no acababan de encajar. La confundía, la arrastraba. La llamaba sin que la  nombrase. Lo sentía sin que la tocase. Y no había una fibra de su ser que no quisiese emprender la huída. Pero también ansiaba quería quedarse. Le había desarticulado todas las horas del día en un minuto. Sin buscarlo. Por casualidad. Solo pasaba por allí. Iba de paso. Ni siquiera era su camino habitual. Lo peor. Que sabía que él, era consciente de ello. Era como un hábil herrero capaz de convertirla en hierro fundido. Y deseó convertirlo en cigarrillo para tenerlo entre sus dedos y aspirarlo hasta que le estallasen los pulmones. Sin monóxido de carbono que la dañase, pero con la letal certeza de que aquello la mataría. ...

Tú y tus trampas

El eco de tu deseo golpea las paredes y el techo. Y retumba en la ventana. Te veo venir y subo la guardia. Esta manía mía por vencerte. Aunque no me sirve de nada. Llevas esa certeza en el bolsillo de tu pasión. Y sé que también hoy, quedarán marcadas tus huellas en mi ADN. Sé de sobra que tu voz es la trampa que me tiendes y sé de igual forma que no es la única. Eres tú, el que manejas el hilo de mis jadeos. Y eres tú, el que entra a matar cuando así lo decides. El que me deja en manos de tus manos que se paran y se detienen a su libre albedrío. El que se apodera de mis ganas y las maniobra según te conviene. Es tu boca la que reclama sin clemencia, cada peca de mi piel y la esencia húmeda de mis centros. Tú el que me empuja y tú el que me contiene. El que me hace bailar al son de cada suspiro tuyo. Tú el que me desarma y me ganas. Tú, el que hace que cierre mis puños con fuerza mientras juegas con los huesos de mi columna vertebral. Tú, el que tira de mis caderas y tú, el qu...

Lunas malgastadas

Que maldita la distancia que me priva de ti. Guardo las despedidas en la punta de mi lengua. Cuento los días para verte venir. Las noches no. Las noches se me hacen eternas y me pierdo en el conteo. Porque donde son cinco, me parecen mil y cuando voy por la ciento cuarenta y cuatro, me pierdo y no me apetece volver a contar. Que maldita la distancia que me roba tus sonrisas. Sonrisas que no recuperaré. Como el tiempo. Tiempo pasado, no recuperado. Las horas que no estoy junto a ti, ya no regresan. Se quedan inertes en las agujas de mi alma. Y se lleva tus miradas. Paisajes, caminos, lugares y calles que mirarás sin mí. Miradas que no capturaré porque se perdieron en los callejones de esta, nuestra lejanía. Que maldita la distancia que me hace desearte y me obliga a guardarme esta pasión en la boca del estómago. Y me arde en el interior. Y me quema la tráquea. Y te llamo, pero tu nombre se pierde entre los condenados kilómetros que nos separan. Noches perdidas. Noches pasadas. No...

Querido amor, espérame

Querido amor, espérame. Es el tiempo quién tiene mis llaves. Mi carcelero. El que esconde bajo varias vueltas de llave, mi libertad. El que amuralla mis deseos y le pone coto a mis anhelos. El que corta mis alas con tijeras de acero y me mira burlón mientras van cayendo al suelo. No siente piedad ni por una sola de mis lágrimas. Querido amor, espérame. Es el reloj mi carcelero. El que me aprieta y me somete. El que me asfixia. El que me muerde con sus manecillas afiladas. El que opaca mis días con sus múltiples esferas. Se guarda el sol para él. Y me deja languideciendo en un rincón de la melancolía. Pálida y blanca. Y le añade horas a mis amaneceres. Para que aún sean más largos. Y le incrementa días a los meses. Que ya no son treinta, sino cuarenta y cinco. O cincuenta. O más. Y le incrementa minutos a las horas. Que ya no son sesenta. Sino noventa. O muchos más. ¡Qué sé yo! Querido amor, espérame. No tienes ni idea, de cómo se ríe en mi cara acomodado en su sillón. Y no due...

El lector

Me tocaba documentarme y fui a la biblioteca. Era pequeña y antigua y además, la única de mi ciudad. Eso la hacia aún más especial. Disfrutaba muchísimo buscando en las estanterías cada libro que me sirviera para tal fin. Internet ayudaba, pero soy de los que se sienten cautivados por el olor a polvo de cada libro que descansan a la espera de alguien como yo. Me retrasaba eso mucho el trabajo pero hay cosas que valen la dulce espera. Y esta era una de ellas. Entre libros olvidados de la mano de Dios y también del plumero de alguien que los desempolvara de vez en cuando, estaba la chica que me iba a traer de cabeza esa tarde. Por no decir la vida. Leía un libro y constantemente alzaba la vista y miraba a través de la ventana. O la dirigía mirando por toda la biblioteca. En una de esas me vio, me mantuvo la mirada y me sonrió. Me provocó la sensación de protegerla. Fue su sonrisa. Leí detrás de esa sonrisa, su tristeza. No sé. Siempre he tenido esa habilidad. O manía. No sabría cata...