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Lunas malgastadas

Que maldita la distancia que me priva de ti. Guardo las despedidas en la punta de mi lengua. Cuento los días para verte venir. Las noches no. Las noches se me hacen eternas y me pierdo en el conteo. Porque donde son cinco, me parecen mil y cuando voy por la ciento cuarenta y cuatro, me pierdo y no me apetece volver a contar. Que maldita la distancia que me roba tus sonrisas. Sonrisas que no recuperaré. Como el tiempo. Tiempo pasado, no recuperado. Las horas que no estoy junto a ti, ya no regresan. Se quedan inertes en las agujas de mi alma. Y se lleva tus miradas. Paisajes, caminos, lugares y calles que mirarás sin mí. Miradas que no capturaré porque se perdieron en los callejones de esta, nuestra lejanía. Que maldita la distancia que me hace desearte y me obliga a guardarme esta pasión en la boca del estómago. Y me arde en el interior. Y me quema la tráquea. Y te llamo, pero tu nombre se pierde entre los condenados kilómetros que nos separan. Noches perdidas. Noches pasadas. No...

Querido amor, espérame

Querido amor, espérame. Es el tiempo quién tiene mis llaves. Mi carcelero. El que esconde bajo varias vueltas de llave, mi libertad. El que amuralla mis deseos y le pone coto a mis anhelos. El que corta mis alas con tijeras de acero y me mira burlón mientras van cayendo al suelo. No siente piedad ni por una sola de mis lágrimas. Querido amor, espérame. Es el reloj mi carcelero. El que me aprieta y me somete. El que me asfixia. El que me muerde con sus manecillas afiladas. El que opaca mis días con sus múltiples esferas. Se guarda el sol para él. Y me deja languideciendo en un rincón de la melancolía. Pálida y blanca. Y le añade horas a mis amaneceres. Para que aún sean más largos. Y le incrementa días a los meses. Que ya no son treinta, sino cuarenta y cinco. O cincuenta. O más. Y le incrementa minutos a las horas. Que ya no son sesenta. Sino noventa. O muchos más. ¡Qué sé yo! Querido amor, espérame. No tienes ni idea, de cómo se ríe en mi cara acomodado en su sillón. Y no due...

El lector

Me tocaba documentarme y fui a la biblioteca. Era pequeña y antigua y además, la única de mi ciudad. Eso la hacia aún más especial. Disfrutaba muchísimo buscando en las estanterías cada libro que me sirviera para tal fin. Internet ayudaba, pero soy de los que se sienten cautivados por el olor a polvo de cada libro que descansan a la espera de alguien como yo. Me retrasaba eso mucho el trabajo pero hay cosas que valen la dulce espera. Y esta era una de ellas. Entre libros olvidados de la mano de Dios y también del plumero de alguien que los desempolvara de vez en cuando, estaba la chica que me iba a traer de cabeza esa tarde. Por no decir la vida. Leía un libro y constantemente alzaba la vista y miraba a través de la ventana. O la dirigía mirando por toda la biblioteca. En una de esas me vio, me mantuvo la mirada y me sonrió. Me provocó la sensación de protegerla. Fue su sonrisa. Leí detrás de esa sonrisa, su tristeza. No sé. Siempre he tenido esa habilidad. O manía. No sabría cata...

El ajedrez

Lo siento mucho. Siento ser yo la causa de tus desvelos. Que mis ojeras sean el motivo de las tuyas. Pero ya sabes madre, como son las cosas del amor. Esta astilla no me la sacas con las pinzas de tu neceser, ni me curas este dolor untando tu dedo con saliva. Que no, madre. Que no. Que me ha dejado el alma hecha polvo y que tu trapo no es capaz de limpiarlo. No te pongas el delantal para ordenar lo que me desordenó. Que no. Que por más que te empeñes las madres no podéis curarlo todo. ¡Ay madre! Que me he convertido en la palabra de un verso inacabado. Que me duele los besos que ya no me dará y llevo clavado su ausencia como esos alfileres de tu costurero. Que me cuesta vivir madre. Que lo echo mucho de menos. Que me cuesta respirar si no lo tengo. Que no, madre. Que tu sana sana, culito de rana, si no te curas hoy, te curarás mañana, no alivian las heridas que él me provocó. Y no enciendas la lamparita, no vale de nada. Ahórrate la luz, que no le da claridad a esta oscuridad. Y...

Hagamos un trato

Quiero proponerte un trato, amor. Prometo cumplir con mi parte.   Deja que las notas de una canción suenen de fondo y se eleven hasta mis oídos. Ya sabes tú que la música me embriaga y casi no me deja pensar. Analiza mi cuerpo sintáctica y morfológicamente, por dentro y por fuera. Enreda cada mechón de mi pelo entre tus dedos, mientras tu lengua convierte en objeto directo mi lengua. Copa el centro de mis piernas de determinantes demostrativos  y posesivos. Subraya el sujeto y predicado de mis senos y que mis gemidos sean los adjetivos de grado superlativo que rompan tu calma, mis sábanas y nuestra cama. Haz de mí, el complemento directo de todas tus ganas y ansias. Hazle el amor hasta a mi misma alma y que sea el sustantivo femenino que se funda con tu sustantivo masculino. Que la noche pase a ser, de singular a plural. Cuando amanezca, deberás buscar en el diccionario de tu piel, cada verbo que mis uñas le infringió  a tu espalda y cada mordisco que le regalé a t...

Cobardía o torpeza

No podía evitar pensar en él. Se había levantado esa mañana y lo tenía dentro de cada uno de sus malditos pensamientos. Si abría los ojos lo veía y si los cerraba, lo pensaba. No sabía que hacer. Tampoco era cuestión de estar pestañeando todo el rato. Ya tenía bastante quebradero de cabeza para que encima le escociesen los ojos. Pensar en él, era algo así como pensar en una tarde fría y en un cálido y humeante chocolate a la taza. Hoguera encendida. Olor a madera. Crujir de sentidos. Explosión de sensaciones nuevas y algunas desconocidas. Calidez. Esa era la palabra justa que definía en su conjunto todo lo que le rondaba la cabeza. Calidez. Hay historias que terminan antes de empezar. Eso mismo pensó ella, mientras lo empujaba a él y a todo lo que le provocaba, de la misma manera que son empujadas las nubes en un día de viento. Y se quedó con el alma llena de letras que le incumbían a él y que tal vez desease toda la vida haber escuchado. Y amordazó su garganta para que las ...

El reloj hace trampas

El reloj hace trampas. Lo he comprobado hoy. El tiempo pasa demasiado deprisa cuando estoy junto a ti y demasiado lento cuando no estás. El segundero corre veloz cuando me recorres la piel y las madrugadas. Y el maldito condenado se para, cuando llega el amanecer y con ella, la ausencia de tus manos. Oigo tu tic tac lento burlándose de mí. He querido hacer un pacto con él y hacer interminable las horas, cuando me haces el amor. Le he rogado que detenga su caminar y así morirme más lentamente bajo las líneas de tus manos. Que convierta en días los minutos, cuando me robas la esencia poro a poro. Beso a beso. Gemido a gemido. Caricia a caricia. Que se haga interminable tu viaje desde mi cuello a mis pies. Desde mi pelo a mi espalda y desde mi nuca a mis caderas. Pero el reloj implacable y el tiempo guardado en sus manecillas, me ha dicho que no. Que no hace pactos con nadie. Que me conforme. Que aproveche cada instante en los que me haces tuya. Que eso es lo que hay. Y que si me parece...