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Jamás fui princesa


Un leve toque en la puerta me avisa de que alguien llama.
Miro el reloj. Las diez en punto de la noche.
Me levanto procurando ocultar el nerviosismo, porque sé a ciencia cierta de quién se trata.
Abro la puerta y me enfrento cara a cara con él.
Las miradas se cruzan. El la mantiene. Yo acabo siempre por apartarla.
Sé que los ojos son un ventana al alma.
No quiero que vea mi alma.
Hace tiempo que viene.
Todos los días.
A la misma hora.
Siempre el mismo gesto.
El busca mi boca.
Giro la cabeza y besa mi cara.
Me trata bien, se nota que es todo un caballero.
Me gusta su pelo moreno y cómo el flequillo le tapa suavemente los ojos.
Eso hace que resulte aún más atractivo.
Su andar destila elegancia y su voz pausada declara una educación que le viene de cuna.
Todo él desprende un poder al que me cuesta resistirme.
Procuro que no se de cuenta de los sentimientos que despierta en mí.
Hace mucho tiempo que dejé de creer en cuentos de hadas.
Sé que no existen los príncipes valientes y galantes que rescatan a las princesas.
Cuando se marcha me deja luchando con la soledad.
Recojo el dinero que me deja en la mesita de noche.
Ese gesto me ayuda a poner los pies en el suelo.
Eso confirma lo que pienso.
Sé que él no es un príncipe.
Tengo claro que yo jamás fui princesa.
 
Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás,
que al final nos disfrazamos para nosotros mismos. ( Francois de La Rochefoucault) 

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