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Un adiós en la garganta

Las suelas de mis zapatos guardan mil ausencias con cada una de sus dolorosas huellas y tus besos encallaron ya, en las esquinas de mi boca. Mis ojos coleccionan lágrimas convertidas en estrofas de sal y mi pluma dejó de estar preñada de versos. Ya no nacen las letras. Tu nombre se ha vestido de ayer y el recuerdo de tu piel ha quedado adherido por siempre hasta en la costura de mis costillas. Me agarra, me atrapa y me aprieta demasiado fuerte esta soledad con sabor a nostalgia. Y es mi alma agrietada la que aguanta  las embestidas de los días solitarios y de las horas paradas. Y aprieto fuerte las manos para que no se me resbale la despedida que guardo en ellas  y ahogo un adiós que llevo atravesado en mi garganta. Mi corazón se limita a llamarme cobarde, pero hace tiempo que dejé de escucharlo. 

El asesino de las fotos

Sabía que sería otro lunes duro. Mi compañero me pisaba los talones cuando la vimos. Se podría decir que casi la vimos a la par. El que hubiese hecho aquello no se había molestado en esconder el cuerpo. Un asesino que quería que lo cogiesen. Era muy común en los asesinos que estaban cansados de que no los pillasen. O asesinos retadores. Yo me inclinaba más por la segunda opción. Recorrí mi mirada por todos sitios esperando ver un cartel que pusiese: “¿Os dejo mi nombre y mi dirección? ¿Se puede ser tan idiota?”¿Dónde os dieron la licencia?” Era el cuarto cadáver en lo que iba de mes. No seguía el mismo modus operandi. Sabíamos que era el mismo, porque dejaba pétalos de rosas y una película de fotos de la victima en el cuerpo de esta. Viva. Sonriendo. De distintos días, horas y lugares. Pero no a todas las mataba igual. Ninguna de la cuatro tenía nada en común. Ninguna se parecía entre ellas. Ni el pelo, ni la edad, ni la complexión. Nada. Victimas escogidas al azar. O victimas esc...

Un amor de noventa días

Yo era de colores fuertes. Los naranjas, los rojos. Y me hice adicto al azul claro, solo porque le gustaba a ella. Nunca me gustaron las pelirrojas y ella tenía hasta el último vello y lunar de ese color. Y me volvió loco. Me volví loco por ella. Sabía que me haría pedazos. Una y otra vez algo en mi interior me lo decía y una y otra vez, hacía caso omiso a mí mismo desterrando aquella desagradable sensación. Si ella me miraba, paraba el mundo para vivir más tiempo aferrado a sus ojos. Si ella me besaba o me abrazaba, odiaba el instante siguiente al que dejaba de hacerlo, porque sentía que me quitaba minutos de existencia cuando se apartaba. Si ella me hablaba, me dolía el instante después en que guardaba silencio. Añoraba su voz mucho antes de que se callase. Yo, que me molestaba la arena sobremanera, solo me faltó comprarle una playa para tenerla a mi favor. No había cosa en el mundo que para mí, ella no se mereciera a pesar de que me dejaba el alma a medio camino entre la vida...

Disparos a mis recuerdos

Es en este momento, cuando me toca coser el camino que se deshilvanó cuando ella se fue. No la pude retener conmigo. Me dejó el eco de su partida, en cada trozo de corazón roto y aún con el corazón totalmente deshecho, la añoro a rabiar. No he dejado de amarla aún y no sé si podré dejar de hacerlo algún día. Me toca arrancar cada día a sangre fría la costumbre de tenerla. Mi piel la nombra y mis manos la extrañan. Me arden los ojos de no verla y mis labios quedaron huérfanos de sus besos. Mi cuerpo es un desierto árido y seco sin ella. Le hace falta a la mitad de mi cama. Le hace falta al mundo que vivía con ella. Esa mujer, se ha convertido en el estribillo de mi vida y se repite una y otra vez en mi cabeza. E inunda mis noches con su recuerdo sin piedad alguna. Y llena mis días de tristeza absoluta. Me deshago cada día sin ella y me toca volver a construirme cada tarde. Para deshacerme otra vez por las noches y rehacerme de nuevo en cada amanecer. Es un círculo vicioso y d...

Sigo viviendo

Me he vuelto una mentirosa redomada. ¿O acaso cuándo digo que no puedo vivir sin ti, muero? No. Sigo viviendo. No dejo de respirar por mucho que me cueste. Los pulmones no paran de hacer su función y el corazón no deja de latir por más que diga, que en cualquier momento se parará de puro amor. Aunque mi piel se quiera morir cuando grita tus caricias. Y aunque mi garganta agonice  tu nombre, sigo viviendo. Aunque tu ausencia me haga jirones la piel del alma y mi memoria te extrañe a morir, sigo viviendo. Aunque mis ojos perezcan a veces porque no puedan ver el horizonte de los  tuyos. Y por más que quieras parar el mundo alrededor de mi cintura cuando me tienes y me posees, no puedes evitar que al marcharme, yo siga viviendo. Es mentira que muero. No es cierto. ¿Recuerdas las veces que morí en tu boca? ¿Entre las huellas de las yemas de tus dedos? ¿Recuerdas las veces que se me fue la vida mientras desfallecía entre tus brazos? Todo mentira. Mírame. Sigo viviendo. Aunque mi ...

Mordidas a contralejoj

Una y otra vez volvía al mismo lugar. Y una y otra vez yo estaba allí. Aún no me explico como se puede regresar tantas veces al sitio donde a uno lo dejan marcado. Pero ella, no cejaba y no iba a ser yo quién diese un paso atrás. Cientos de veces se retiraba y otras cientos se acercaba. Y viceversa. Hasta traspasar los límites. La piel erizada hasta el punto de sentir frío. La espalda arqueada sin poder evitarlo. Y a veces, hasta temblaba. Ella no se daba por vencida aunque hubo momentos de flaqueza por su parte. También los hubo por la mía. Su lengua era el faro que me iluminaba. Calor que me quemaba. Por dentro y por fuera. Y mis dientes la mordían. La marcaban. La comisura de sus labios eran cadenas que me ataban y el centro de su boca la cárcel de mis deseos. Le dolía en ocasiones, pero le gustaba. ¿Cuantas veces volvió aquella tarde a mi boca? Las mismas que yo la recibía. ¿Cuántas veces fue que le quise robar hasta la última gota de su esencia, mientras la cogía del pelo...

Silencio en el tintero

Las palabras, hace semanas que están llenas de silencios. Silencios que gritan en mi interior y retumban en las paredes. Que condenado folio blanco, con su inmaculado color que tantas veces me mira y me hiere. Y que maldita la pluma que no derrama ni una gota de tinta. Hasta el tintero se secó. Ya no escribe sobre amores prohibidos, ni desamores. Ni sobre la soledad que emerge una y otra vez. Tampoco escribe sobre amores con final feliz ni sobre amores desgraciados. Se han secado los te amo y los te quiero. Se le fue la tinta como sangre emanando de una herida abierta. He intentado recogerla, pero lo único que he conseguido es poner todo perdido. Encima me toca limpiar el desastre ocasionado. En mis manos, quedan las huellas de ese tintero que tantas veces derrochó poemas en su nombre. A tu nombre. Que lo mismo escribía a la vida que a la muerte. Muerto el tintero y rotos los hilos que tantas letras unió en tardes como esta. El sol sigue entrando por mi ventana y la luna sigue espera...