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Buscando las palabras

¿Qué palabras y en qué diccionario busco, las letras justas y precisas, que le hagan honor? Buscaré en los cajones de mi interior, lo mismo las hallo allí. En la punta de su lengua, está la palabra que me atrapa en un suspiro. En la yema de sus dedos, la caricia que me eleva. En su boca, los besos que me parten en dos. En las palmas de sus manos, los puntos cardinales de mi cuerpo. En su saliva, el vino dulce derramado sobre la copa de mis senos. En su cuerpo, la cometa que surca el cielo de mi piel. En sus vaivenes, la pluma que me enciende a versos. En sus brazos, el puerto que amarra mis deseos. Maestro descarado, que me convierte en una simple aprendiz, Mi mundo es más mundo, desde que lo conozco y mi vida, más vida desde que lo tengo. Es la ventana donde me quiero asomar, la puerta que cruzo sin temor. Es la canción que quiero escuchar y la melodía, que me toca la fibra del corazón. Ingeniero, que me construye pieza a pieza. Caminante, que recorre paso a paso, las senda...

Si me voy un día

Si me voy un día, búscame detrás del silencio. Ese silencio, que contienen más palabras, que las que digo en voz alta. O detrás de la luna, a veces me cobijo allí, cuando las noches no acaban de aclarar.  No me busques detrás del sol, me lastima los ojos y evito estar cerca de él. O en la casa de la soledad, hay días que tomo café con ella. He de decirte, que tiene mala fama, pero no es tan desagradable como cuentan. Búscame en tus despertares o detrás del sonido de tu voz. Si me voy un día, búscame dentro de las páginas de cualquier libro. O dentro del poema, que escribió aquél poeta herido. Sí. Ese al que un amor hizo desgraciado y va derramando tinta, por donde quiera que vaya. O dentro de los renglones de nuestro amor. O en cualquier calle de cualquier ciudad. Es cierto, que a veces me escondo o me pierdo. No me  busques en los folios que están sin escribir, porque no me gusta el vacío. Si me voy un día, que mi ausencia no te pese. Que tu alma no salga lastimada, si...

Martes, seis de mayo

Martes, seis de mayo. No importa que no estés aquí ahora. Porque dejaste preñada mis sábanas, de tu olor. Mi cama, contiene desde el primero, hasta el último de tus gemidos. Y quedaron derramadas tus ganas y mis ganas. Habitan en cada rincón, los suspiros y los te amo, dicho desde lo más profundo de tu garganta. No importa que no estés aquí ahora. Porque mis oídos aún conservan, el sonido de tu voz. Y mi piel, guarda con celo, las huellas de tu piel. En mi boca permanecen tus besos, húmedos y cálidos. Y en mi cuello, lienzo blanco para ti,  aún siguen dibujados los trazos, que tu lengua pintó. No importa que no estés aquí y ahora. Porque solo he de cerrar los ojos y hallarte. Volverte a vivir. Colmaste la madrugada de manos entrelazadas, de caricias grabadas a fuego lento, de deseo desmedido. Has tatuado los senderos de mi memoria, de recuerdos que utilizo para que tu ausencia, no acabe conmigo. Y llevo los bolsillos llenos de tus te quiero. Lo mismo, los coso para que no se...

La chica del vaquero

Era la primera vez que iba a visitar, una de las oficinas que tenía en otra ciudad. Llevaba tiempo planeándolo, pero mi cargo no me permitió hacerlo hasta ese día. Iba pensando en como actuar, para que el nerviosismo, no atacara al personal. Generalmente, la llegada del jefe, solía incordiar. Y no era mi intención en absoluto. No nací con este traje ni con este puesto. Me lo curré mucho. No había mucha distancia desde el hotel a la oficina. Era temprano y siempre me gustó caminar. Fue así, como me crucé con ella. No era bella, de esas que te tiran para atrás. Pero me cautivó la forma que tuvo de mirarme. No sé, entre retadora, descarada y una pizca de picardía. Su delito fue sonreírme y mi condena,  desear que esa sonrisa, fuese la que viese cada mañana al despertar. No pude aguantarme las ganas y le pregunté por la dirección de una calle. Me hice el despistado y usé la excusa para acercarme. Ella, me indicó amablemente y, al escucharla, quise que el timbre de aquella voz, me ...

No quiero estar aquí

No quiero estar aquí donde la soledad tiende un puente y me obliga a cruzarlo, donde el tiempo se ríe en mi cara y pasa lento. Donde los candados han perdido sus llaves, donde las cadenas contienen demasiados eslabones. Donde las rosas no florecen porque el invierno, no acaba de irse. No quiero estar aquí, donde las noches me deja heridas que luego, no sé como curar. Donde las mañanas me visitan burlándose de mí, donde el silencio ronda cada  parte de mi ser. Donde la música se escabulle y no logro oírla. No quiero estar aquí, donde suena el eco del vacío de tu ausencia. Donde la tristeza me golpea sin piedad y me vence en ocasiones. Donde tu nombre se pierde en el horizonte de mi alma.  No quiero estar aquí, donde estoy yo. Quiero estar ahí…donde estás tú.

Charcos de soledad

Cae la tarde sobre los tejados, el sol los besa con su calor amarillo y seca las gotas de lluvia, de esta mañana. Aún hay charcos aquí y allá, cuando voy a visitarte. Suena esa canción que me dedicaste y que hicimos nuestra. Está puesta de fondo y de forma que suena, una y otra vez.  Sé que te  ayuda,  a llenar la soledad derramada que te hace resbalar. Tienes mucho cuidado en mirar por donde pisas, porque a punto has estado de caer varias veces. Miras por la ventana, mientras esperas que la cafetera termine de hacer el café. Su olor inunda la casa. Inspiro y el aroma llega hasta mis pulmones. No recuerdo, desde cuando no tomamos café junto. En cambio, recuerdo con nostalgia las horas eternas en la cocina. Nos encantaba hablar y hablar delante de nuestras tazas. ¿Recuerdas? Ese par, que compramos en nuestro último viaje a Italia. Tomas mi taza y viertes el café con aire ausente. Vuelves a la ventana. Apoyas tu mano en el marco y la cabeza en tu brazo. Te oigo llorar....

Flores blancas, manzanas rojas

El reloj marca las cuatro y veintidós de la madrugada. Me pregunto dónde estarás ahora. Si tu conciencia, te deja dormir tranquilo. Me levanto de la  cama. Me duele la espalda, de tantas vueltas y vueltas. Ya te dije en su día, que teníamos que cambiar el colchón. Que barato te salió, romperme el corazón. Me pregunto, que ya que estabas, por qué no destruiste de paso, mi memoria. En la misma medida y forma. Aún tengo tus palabras, en los perfiles de mi alma. Se han quedado prendidas allí y no hay forma de que se descuelguen. Como mariposas cogidas con alfileres, en un cuadro. Que maldita soledad, a la que me has sometido. Resbala la condenada. Y una cosa que te digo. La soledad es vacía. Soledad. Nada. ¿No? No entiendo entonces, por qué me pesa tanto. El reloj marca las cuatro y veinticinco de la madrugada. Yo, y mi manía de no tirar nada. Guardo aún tus discos. Y me castigo cada día, porque soy incapaz de no escucharlos. Y tu cepillo de dientes. Con sus listas azules....