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No quiero estar aquí

No quiero estar aquí donde la soledad tiende un puente y me obliga a cruzarlo, donde el tiempo se ríe en mi cara y pasa lento. Donde los candados han perdido sus llaves, donde las cadenas contienen demasiados eslabones. Donde las rosas no florecen porque el invierno, no acaba de irse. No quiero estar aquí, donde las noches me deja heridas que luego, no sé como curar. Donde las mañanas me visitan burlándose de mí, donde el silencio ronda cada  parte de mi ser. Donde la música se escabulle y no logro oírla. No quiero estar aquí, donde suena el eco del vacío de tu ausencia. Donde la tristeza me golpea sin piedad y me vence en ocasiones. Donde tu nombre se pierde en el horizonte de mi alma.  No quiero estar aquí, donde estoy yo. Quiero estar ahí…donde estás tú.

Charcos de soledad

Cae la tarde sobre los tejados, el sol los besa con su calor amarillo y seca las gotas de lluvia, de esta mañana. Aún hay charcos aquí y allá, cuando voy a visitarte. Suena esa canción que me dedicaste y que hicimos nuestra. Está puesta de fondo y de forma que suena, una y otra vez.  Sé que te  ayuda,  a llenar la soledad derramada que te hace resbalar. Tienes mucho cuidado en mirar por donde pisas, porque a punto has estado de caer varias veces. Miras por la ventana, mientras esperas que la cafetera termine de hacer el café. Su olor inunda la casa. Inspiro y el aroma llega hasta mis pulmones. No recuerdo, desde cuando no tomamos café junto. En cambio, recuerdo con nostalgia las horas eternas en la cocina. Nos encantaba hablar y hablar delante de nuestras tazas. ¿Recuerdas? Ese par, que compramos en nuestro último viaje a Italia. Tomas mi taza y viertes el café con aire ausente. Vuelves a la ventana. Apoyas tu mano en el marco y la cabeza en tu brazo. Te oigo llorar....

Flores blancas, manzanas rojas

El reloj marca las cuatro y veintidós de la madrugada. Me pregunto dónde estarás ahora. Si tu conciencia, te deja dormir tranquilo. Me levanto de la  cama. Me duele la espalda, de tantas vueltas y vueltas. Ya te dije en su día, que teníamos que cambiar el colchón. Que barato te salió, romperme el corazón. Me pregunto, que ya que estabas, por qué no destruiste de paso, mi memoria. En la misma medida y forma. Aún tengo tus palabras, en los perfiles de mi alma. Se han quedado prendidas allí y no hay forma de que se descuelguen. Como mariposas cogidas con alfileres, en un cuadro. Que maldita soledad, a la que me has sometido. Resbala la condenada. Y una cosa que te digo. La soledad es vacía. Soledad. Nada. ¿No? No entiendo entonces, por qué me pesa tanto. El reloj marca las cuatro y veinticinco de la madrugada. Yo, y mi manía de no tirar nada. Guardo aún tus discos. Y me castigo cada día, porque soy incapaz de no escucharlos. Y tu cepillo de dientes. Con sus listas azules....

Corazón de gorrión

Corazón de gorrión, dentro de una mujer indomable. La pierdo a veces. Cuando se enfada. Tiene un genio de mil demonios. Es cabezota e imposible de doblegar. No puedo con ella y se me va. Se me escapa. No logro alcanzarla. No sé en qué rincón, se esconde. No logro hallarla. Es rara. Creo seriamente, que tiene un punto de locura. Me vuelve loco, con sus ahora estoy, ahora me voy. No sabe hasta qué punto, me hieren sus silencios a veces. Tampoco sabe, a qué altura vuelo, cuando la oigo. No sé por qué la amo. No he tenido tiempo de preguntármelo, desde que la conozco. Se ha metido en mi mente de tal forma, que solo la pienso a ella. ¿Qué cómo la conocí? Por casualidad. Quiso el destino caprichoso, ponerla en mi camino. Un sábado. Desde entonces, me gustan los sábados. A ella también. Bendito destino ¿no? Soy feliz, cuando la tengo conmigo. E infeliz, cuando se viste de orgullo e indiferencia. Creo que tiene multitud de trajes. Hay días, que se cambia varias veces. En ocasiones, la sient...

No desvistas a una rosa

Siéntate amor. Te llamo así, porque aún eres mi amor. Y mírame a los ojos. Pero mírame, con los ojos del corazón. Y guarda por un momento, ese dolor que sientes.  Arroja la rabia por la ventana, el viento se volverá tu cómplice y, hará que desaparezca. También haré yo lo mismo. Y oye bien, lo que te voy a decir. No me pierdas. No dejes que me vaya. No me apartes, con tus palabras. No me llenes de vacíos. Que se me da muy mal, llenarlos. Nunca encuentro nada que ocupen esos lugares. Soy un desastre para eso. Lo admito. No colorees, mi amor de gris. Que ese color, no me gustó nunca. Mira las flores de la mesa. Se deshojan cómo yo. No puedes volver a vestir a una rosa, una vez ha tirado su traje de pétalos al suelo. Por más que lo intentes ¿Lo has intentando alguna vez? Es misión imposible.  No me guardes en el filo de tu boca y, calles mi nombre. No lastimes más, lo que ya está lastimado. No abras las heridas, que ya están abiertas. No hagas que me levante y que me vaya. Porq...

Mi voz no te alcanzó

Mi voz no te llegó. Creí que sí. Pero no.Y ahora estás ahí, vestido de silencios que me hieren. De palabras muertas que me derrotan. Has vestido mi tarde de tristeza. Y mis colores los has vuelto gris. Que te herí. Lo sé. Pero fue por esta terquedad que a veces se desata. No hay cadenas que la aten. Lo intento, pero siempre se me escapa. Y me disculpé. Pero de nada me han servido las disculpas. Qué paradoja. Yo te herí con mis palabras y tú me hieres con tus silencios. Creí que no cerrarías la puerta. No oí el portazo. Y ahora no tengo la llave con la que abrirla. Se me ha debido de caer por algún sitio. No oí el tintineo que debió de hacer al caer. Tampoco encuentro el punto del camino, dónde me soltaste la mano. He regresado allí por si te encontraba. Y no están tus pasos. Hace viento y se han debido de borrar las huellas de tus zapatos. Recogiste el puente que cruzábamos y ahora no sé cómo llegar a ti. Si dejo que el orgullo hable, te dirá que no me haces falta para seguir vivien...

El pirómano

El incendio fue tan devastador, que no quedó una sola pared en pie. En el suelo yacía, hasta el último de los recuerdos que mantenía en cajitas de cartón, decorada con florecillas blancas. Siempre me gustaron las florecillas blancas. Tenía un estante llena de ellas. Cada cajita tenía un tamaño, con un interior acolchado de distinto color. Con diferentes recuerdos dentro. Las compré en la mercería que está a la vuelta de la esquina. Un día las vi en el escaparate, entré y le dije a la dependienta, que me las llevaba todas. Pero  no quedó ni rastros de ellas. Recuerdos ennegrecidos a mis pies. Olor a quemado, que a pesar del tiempo transcurrido, no he conseguido hacer que desaparezca. Creo que ese olor, perforó mi cerebro y se instaló en algún recóndito rincón de él. El  incendio comenzó sin que me diese cuenta y se propagó tan rápido, que ni tiempo me dio a reaccionar. Tuve que salir fuera, porque el humo me quemaba la garganta y apenas si podía respirar. Me lloraban los o...