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El pirómano

El incendio fue tan devastador, que no quedó una sola pared en pie. En el suelo yacía, hasta el último de los recuerdos que mantenía en cajitas de cartón, decorada con florecillas blancas. Siempre me gustaron las florecillas blancas. Tenía un estante llena de ellas. Cada cajita tenía un tamaño, con un interior acolchado de distinto color. Con diferentes recuerdos dentro. Las compré en la mercería que está a la vuelta de la esquina. Un día las vi en el escaparate, entré y le dije a la dependienta, que me las llevaba todas. Pero  no quedó ni rastros de ellas. Recuerdos ennegrecidos a mis pies. Olor a quemado, que a pesar del tiempo transcurrido, no he conseguido hacer que desaparezca. Creo que ese olor, perforó mi cerebro y se instaló en algún recóndito rincón de él. El  incendio comenzó sin que me diese cuenta y se propagó tan rápido, que ni tiempo me dio a reaccionar. Tuve que salir fuera, porque el humo me quemaba la garganta y apenas si podía respirar. Me lloraban los o...

Guerrero vencido

Esa mujer me gusta. Espero el momento preciso. Soy cazador furtivo y ella mi presa. La conozco bien. Intenta controlarse, pero sé que no puede. Tengo una carta a mi favor. Y la uso sin darle tiempo a reaccionar. Mi voz. Sé que el tono de mi voz, la descontrola. Fierecilla domada, en cuestión de segundos. Le hablo y la envuelvo. Me meto en su oído. Y hago viajar el sonido, hasta el mismo centro de su alma. Me gusta también su alma. Siento como se para su pulso casi, en el intento fallido de no caer rendida ante mí. Mujer, de batallas continuas. Le gusta pelear, pero las armas que usa, son de papel frente a las mías. Hojarasca seca entre mis manos. Es guerrera vencida, porque no le doy cuartel alguno. Y me apodero con paso firme de su espacio. De su cama. De sus sábanas. Y de las palabras que no le salen. Y me adueño de sus silencios delatores. Y mis manos entrelazan las suyas, mientras me muevo dentro de ella y con ella. Y mi cuerpo, aprieta fuerte ese cuerpo al que amo. La quiero...

Con la palabra en la boca

Esa tarde cruzaba la carretera, con la prisa guardada en los zapatos. Apenas, tiempo para comer y vuelta al trabajo. La verdad, es que no me di cuenta de que el semáforo, estaba en verde. Llevaba la cabeza loca, pensando en mi madre y su manía, de estar protestando todo el rato. Que si la falda que llevas es muy corta. Que si el color del carmín es muy fuerte. Que si tardas un mundo en arreglarte y al final llegas tarde al trabajo. Que si un día me matas del disgusto. Que si ya tienes edad, para dejar que los pajaritos se te vayan de la cabeza. Que si eres una atolondrada, todo el rato en las nubes. Que sí, que ya me lo dices siempre. Cambia un poco las frases, madre. Sorpréndeme. Dame un beso, que me voy, anda guapa. Miraba el bolso porque tenía la vaga sensación, de que algo se me olvidaba en casa. El ruido de un frenazo y el estridente sonido de un claxon, me hizo volver al mundo real. Tenía un coche a milímetros de mí. Y a un tío vociferando con la cabeza por fuera de la ven...

Flores para mi madre

Me crié en un barrio pobre, dónde la miseria abundaba por metro cuadrado. Casi no me podía mover, porque tropezaba con ella a cada paso. Aún así, no superaba la de mi casa. Mis padres me concibieron entre  una borrachera de él y un descuido de ella. Mi madre era una mujer extremadamente débil y le daba pánico abortar, aunque el valiente de mi padre se lo pidió cientos de veces. A decir verdad, no sé cómo no lo hizo debido a las palizas que el caballero le propinaba. Supongo que mi destino era nacer. Ya desde entonces me aferré a la vida con fuerzas y con ganas. Heredé el carácter de él, para su desgracia. Mi infancia transcurrió entre gritos, golpes y continúas peleas, en dónde el vencedor era mi padre y la vencida mi madre. Cuándo tuve la estatura suficiente y las fuerzas necesarias, me interponía entre ambos. Entonces ahí, las dos recibíamos. Ella por protegerme y yo por protegerla. El amor que le tenía a mi madre, se podía medir con la misma balanza con la que lo odiaba a él....

El payaso

Te he conocido por tu forma de sentarte. Ha pasado tanto tiempo desde que no te veo, que me ha costado trabajo reconocerte. Tu recuerdo se borró cómo se borran las nubes tras un día de lluvia. Enterré tu recuerdo por mi propio bien, para volver a ser persona. Sí, durante mucho tiempo viví sin vivir, estuve sin estar, miraba sin mirar y hablaba sin decir. Un tren parado en una vía cortada. Aún me pregunto qué clase de herramientas usaste. Una errante hoja, que se mecía a favor del viento que hubiese ese día. He de decirte que nunca podrás pagar con nada, las lágrimas que vertí en tu maldito honor. Así nacieras cien veces.  Mentiría si te dijese que tu partida no me partió todos los esquemas de mi vida. Que no hiciste polvo todas y cada una de mis ilusiones. Que no tiraste por tierra todas tus promesas. Que no rompiste todas las paredes de mi existencia. Faltaría a la verdad si no reconociese que gasté tu nombre, a fuerza de llamarte. Que me hiciste falta, hasta casi volverme loca...

Huellas en los cristales

Soy un hombre de costumbres. La misma cafetería, la misma mesa, el mismo café y el mismo periódico. Hago esto, antes de entrar en el trabajo y sumergirme de lleno entre montones de papeles, desde no se cuándo. Así que esta mañana no ha sido diferente. Bueno, ha sido distinta en cierta medida. No es esta la hora a la que vengo a la cafetería. Pero una reunión, me hace estar una hora antes de lo habitual. La mesa dónde me siento, la elegí porque tiene un gran ventanal. Por cierto, me pregunto cómo está siempre impecable. Un día decidí, y aún no sé por qué, poner los cincos dedos sólo para comprobar, que al otro día no estuviesen. Me siento un crío haciendo eso, pero no puedo evitarlo. Hoy tomo asiento y mientras espero mi café, miro el ventanal y nada. Impecable. Ni rastro de mis huellas. Vuelvo a sentirme un crío porque mientras me tomo el café, vuelvo a poner mis dedos y me pregunto de nuevo, quién de las camareras limpiará mi manía. Pero hoy, algo me llama la atención y me hace...

Nuestro amor al doce

La apuesta es fuerte. Peligrosa incluso. El sonido de los dados en tu mano mientras los agitas, me vuelve loca. Pero no doy un paso atrás. Tampoco lo das tú. Nos estamos jugando nuestro amor al doce. Si sacas doce, pierdo. Te vas. No sé cómo llegamos a este juego estúpido. Tampoco sé qué es lo que me impide arrebatarte los dados y romper esta angustia. ¿En serio nos estamos jugando nuestro amor al doce? Miro la mesa y no me gusta. No me gusta su color. No me gusta el tapete verde, ni siquiera me gusta esos dados que no paras de agitar. Me miras y me llevas al límite. Pero mi orgullo es mayor que mi miedo. Qué maldito y poderoso puede llegar a ser el orgullo. Y qué tonto  también. Se pierden miles de cosas buenas por él. Estoy segura de que no tirarás los dados. O de que yo, en el último momento te gritaré que pares. Que acabemos con esto. Pero me miras y me retas. Y a mí no me gusta que me reten. Si sé que me amas, que venderías tu alma al diablo por mí, que soy tu vida entera. ...