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Contra todo pronóstico

No sé por qué me paré en aquél escaparate. No me gustaban las tiendas, me aburrían. Pero necesitaba un vaquero nuevo. Y a pesar de mí mismo y echándole un pulso a la pereza y al aburrimiento, entré. Ella, la chica que salió a atenderme hizo crujir en mí todos los sentimientos que habitan en el universo entero. Y cuándo digo crujir, lo digo bien. Porque sentí cómo rompían dentro .Fue algo así, cómo cuándo un cristal estalla en pedazos. El ruido de cristales retumbó desde el centro de mi pecho, hasta mis oídos. Cuándo la vi supe, que ya no iba a poder amar a nadie más. Llevaba el mundo más bonito en sus ojos. Y su sonrisa  abría las puertas de todos los amaneceres juntos. Puesta de sol en su pelo. Todo ella, invitaban a uno a imaginarla sobre una alfombra inmensa al calor de una chimenea. Invitaba a uno a cuidarla, a protegerla hasta del viento que hacía que el pelo, se le viniese a la cara. Lo bueno, que ella sintió lo mismo. Lo malo, que no era libre. Así que  hicimos de aqu...

Me llamo Sofía y esta es mi historia

Me llamo Sofía y esta es mi historia. Desde dónde estoy apenas puedo ver un trozo de cielo. Hay noches que ese mismo trocito me regala, la hermosa visión de un puñado de estrellas. Me encerraron aquí por loca. Sin estarlo. Pero fingí bien. Le robo a la locura, retazos de cordura para no volverme loca de verdad entre estas paredes blancas. A veces salimos al patio. Y me cruzo con locos de verdad. Está la chica esa que mece una muñeca sin cesar, en recuerdo a su hija muerta. Siempre tiene la misma cantinela de la misma nana. Con su camisón blanco y arrastrando los pies. La mirada perdida en un punto fijo. Me provoca ternura, pero si me acerco me muerde. Ya me mordió una vez y tuvieron que cogerme puntos. Está el señor Abelardo. Sentado en un banco y hablando a todo aquél que lo quiera oir, sobre guerras pasadas, días de hambre y miserías humanas. Hay demasiada gente aqui. Cada uno con su historia, con su propia locura. Al llegar aquí, me tuvieron confinada durante largo tiempo. No sé ...

Flores en el buzón

Cruzaba la esquina con el único pensamiento de que el despertador y la mañana se habían vuelto contra de él y llegaba tarde al trabajo. El café se le había derramado, las tostadas quemadas al cubo de la basura. El calentador no funcionaba y se tuvo que duchar con agua fría. Cuándo salió de casa, cerró de un portazo la impotencia y la rabia de haberse levantado con tan mal pie. A ver qué excusa daba, no quedaba bien decir que se había quedado dormido. En esas estaba cuándo chocó de bruces con ella. Libros desparramados, un bolso que volaba, el contenido del mismo desparramados aquí y allá, flores blancas esparcidas, una agenda, un bolígrafo, un móvil, dos cajas de leche, galletas, naranjas rodando, panecillos dejando huellas de migas por el suelo. Cómo en Hansel y Gretel. No supo por qué se le vino ese cuento a la cabeza. No tenía bastante con la mañana que llevaba y ahora esto. Justo tenía que ir a chocar con la chica ésta, que más bien parecía un puesto ambulante. Soltó un resoplido...

Adiós fingido

Él se vistió de orgullo  y ella se puso el traje de la falsa indiferencia. Él hacía cómo que no le dolía la despedida y ella disimulaba el dolor que aquello le causaba. El tiempo los convertiría en auténticos desconocidos. Una historia rota por un adiós fingido. Ahora jugaban a que nos les importaba a ninguno, la vida del otro. Ella se guardó cada momento vivido entre los trozos de soberbia que se inventaba. Y él permanecía recluido en los rincones del silencio. Ella, no daría marcha atrás, así muriera en el intento de querer volver una y otra vez. Y él, había recogido el puente que ella cruzaba para llegar a él. Ella se marchó sin volver la vista atrás y él se mordió la boca para no llamarla. Ella, en cada paso que daba alejándose de él, se guardaba las ganas de que sus manos la retuviesen. Él apretó los puños y las guardó en su bolsillo. El orgullo pintado, la sorberbia inventada y la indiferencia forzada se encargaría de convertir en nada... todo aquél algo que un día habían t...

Perdóname los silencios

Perdóname la cobardía de escribir palabras en versos y no ser capaces de decírtelas a ti. Perdóname mis ausencias, mis idas y mis vueltas. Perdóname mis silencios. Los pinté de colores para que no te dolieran demasiado y no te dejara la vida en blanco y negro.Perdóname cada lágrima que te hice derramar, perdonáme cada uno de tus suspiros envuelto en lamento. Perdona los gritos que callaste y te hirieron cómo aristas de cristal. Perdóname las despedidas sin despedidas, que tuviste que soportar cómo un auténtico guerrero con armadura y espada. Te empeñaste y quisiste guardar en tu alma, mi alma. Y  mis pasos, mis sonrisas, mis desvaríos, mis ojos. Las flores que me gustaban, la letra de nuestra canción. Las palabras calladas, las que se dijeron, las que se ocultaron y las que murieron detrás de cada línea, de cada párrafo. Guárdaste hasta las que se quedaron mudas a orillas de nuestras bocas. Perdóname tus ganas de convertirme en poema para así leerme cuándo me extrañas. No soy muj...

Amaneceres sin ti

Hoy te he vuelto a ver. Llevabas el pelo recogido de esa forma que me encantaba. El sol te daba de pleno en la cara y llevabas los ojos entrecerrados. Algo raro, porque nunca olvidabas tus gafas de sol. Eran parte de ti. He tenido que atar mis ganas de llamarte, con cadenas de acero. Tu nombre me ha quemado el estómago y ha alojado brasas en mi garganta. Le pedí al camarero un vaso de agua, pero anduvo tan lento que para cuándo me la bebí, tenía ya quemaduras de primer grado. Deberían de despedirlo. Ya decías siempre que para cuándo traía tu café, era mediodía. Lo exagerabas siempre todo. Tú te enfadabas y yo me reía. Tenía que calmarte, porque siempre te daban ganas, de tirarle el café por encima de esa inmaculada camisa blanca que llevaba. Has pasado por mi lado y ni cuenta te has dado de mi presencia. Y eso que estaba en aquella cafetería tan nuestra. Aún no puedo entender cómo pudiste olvidarme. Fíjate, yo que siempre fui torpe para desabrochar tus botones, algo que te hacía ...

Huellas de barro

Oigo el ulular de unas sirenas a lo lejos. Me despiertan. Hace frío cuando salgo de la cama. Mucho frío. No recuerdo un otoño tan gélido. Miro por la ventana. Los cristales están helados. La lluvia de los últimos días ha dejado grandes surcos en la tierra. Tengo tanto frío. Bajo al salón. Necesito algo de calor y la chimenea me lo proporcionará. Acerco las manos para calentarme pero no siento calor. Me las miro y veo que no tengo mi alianza. No recuerdo habérmela quitado. Nunca me la quito. Me levanto y vuelvo sobre mis pasos y entonces, las veo. Huellas de barro por todo el salón. Aquello me encoge el corazón. Lo siento latir en la garganta. El miedo me atenaza. Subo las escaleras con sigilo, procurando no hacer ruido. Hay huellas también en ellas. Llego de nuevo a los pies de la cama. Me fijo en el espejo que refleja mi imagen. El barro me cubre. No entiendo nada. No consigo recordar haber salido fuera y mucho menos, haberme metido en la cama así. Siento movimiento detrás de mí y m...