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Adiós fingido

Él se vistió de orgullo  y ella se puso el traje de la falsa indiferencia. Él hacía cómo que no le dolía la despedida y ella disimulaba el dolor que aquello le causaba. El tiempo los convertiría en auténticos desconocidos. Una historia rota por un adiós fingido. Ahora jugaban a que nos les importaba a ninguno, la vida del otro. Ella se guardó cada momento vivido entre los trozos de soberbia que se inventaba. Y él permanecía recluido en los rincones del silencio. Ella, no daría marcha atrás, así muriera en el intento de querer volver una y otra vez. Y él, había recogido el puente que ella cruzaba para llegar a él. Ella se marchó sin volver la vista atrás y él se mordió la boca para no llamarla. Ella, en cada paso que daba alejándose de él, se guardaba las ganas de que sus manos la retuviesen. Él apretó los puños y las guardó en su bolsillo. El orgullo pintado, la sorberbia inventada y la indiferencia forzada se encargaría de convertir en nada... todo aquél algo que un día habían t...

Perdóname los silencios

Perdóname la cobardía de escribir palabras en versos y no ser capaces de decírtelas a ti. Perdóname mis ausencias, mis idas y mis vueltas. Perdóname mis silencios. Los pinté de colores para que no te dolieran demasiado y no te dejara la vida en blanco y negro.Perdóname cada lágrima que te hice derramar, perdonáme cada uno de tus suspiros envuelto en lamento. Perdona los gritos que callaste y te hirieron cómo aristas de cristal. Perdóname las despedidas sin despedidas, que tuviste que soportar cómo un auténtico guerrero con armadura y espada. Te empeñaste y quisiste guardar en tu alma, mi alma. Y  mis pasos, mis sonrisas, mis desvaríos, mis ojos. Las flores que me gustaban, la letra de nuestra canción. Las palabras calladas, las que se dijeron, las que se ocultaron y las que murieron detrás de cada línea, de cada párrafo. Guárdaste hasta las que se quedaron mudas a orillas de nuestras bocas. Perdóname tus ganas de convertirme en poema para así leerme cuándo me extrañas. No soy muj...

Amaneceres sin ti

Hoy te he vuelto a ver. Llevabas el pelo recogido de esa forma que me encantaba. El sol te daba de pleno en la cara y llevabas los ojos entrecerrados. Algo raro, porque nunca olvidabas tus gafas de sol. Eran parte de ti. He tenido que atar mis ganas de llamarte, con cadenas de acero. Tu nombre me ha quemado el estómago y ha alojado brasas en mi garganta. Le pedí al camarero un vaso de agua, pero anduvo tan lento que para cuándo me la bebí, tenía ya quemaduras de primer grado. Deberían de despedirlo. Ya decías siempre que para cuándo traía tu café, era mediodía. Lo exagerabas siempre todo. Tú te enfadabas y yo me reía. Tenía que calmarte, porque siempre te daban ganas, de tirarle el café por encima de esa inmaculada camisa blanca que llevaba. Has pasado por mi lado y ni cuenta te has dado de mi presencia. Y eso que estaba en aquella cafetería tan nuestra. Aún no puedo entender cómo pudiste olvidarme. Fíjate, yo que siempre fui torpe para desabrochar tus botones, algo que te hacía ...

Huellas de barro

Oigo el ulular de unas sirenas a lo lejos. Me despiertan. Hace frío cuando salgo de la cama. Mucho frío. No recuerdo un otoño tan gélido. Miro por la ventana. Los cristales están helados. La lluvia de los últimos días ha dejado grandes surcos en la tierra. Tengo tanto frío. Bajo al salón. Necesito algo de calor y la chimenea me lo proporcionará. Acerco las manos para calentarme pero no siento calor. Me las miro y veo que no tengo mi alianza. No recuerdo habérmela quitado. Nunca me la quito. Me levanto y vuelvo sobre mis pasos y entonces, las veo. Huellas de barro por todo el salón. Aquello me encoge el corazón. Lo siento latir en la garganta. El miedo me atenaza. Subo las escaleras con sigilo, procurando no hacer ruido. Hay huellas también en ellas. Llego de nuevo a los pies de la cama. Me fijo en el espejo que refleja mi imagen. El barro me cubre. No entiendo nada. No consigo recordar haber salido fuera y mucho menos, haberme metido en la cama así. Siento movimiento detrás de mí y m...

Lunes. Día de limpieza.

Hoy es día de limpieza. Es lunes y el fin de semana los suelo usar para descansar. Toca recoger y ordenar. Empezaré con tu necedad. Esa las barreré e irán al cubo de la basura. He conocido a muchos necios. Qué manía de ir proliferando por ahí. Pero tú tienes el honor de ser el más grande, el mejor. Te superas cada día. Creo que llevas entrenando mucho tiempo o tal vez ya naciste así. No sé. Pero lo haces genial. Deberían de dar medallas. Te llevarías la de oro. Las palabras e ilusiones que intentaste venderme envueltas en papel celofán las tiraré directamente al retrete. Espero que sean biodegradable y no contamine ningún río. Sólo faltaba que muriesen peces por mi imprudencia. El papel celofán, al cubo de la basura también. Me molesta sobremanera ese ruido que hace. Y el color qué elegiste. Por dios! No hace juego con el sofá. Desentona y rompe la armonía. Y ya por último, tampoco es cuestión de acabar agotada, terminaré por quemar los sueños que con tanto ahínco quisiste que te com...

Lucha sin cuartel

Eres hombre hecho ternura que camina para instalarse en mí. Implacable también. Eres un millón de sentimientos que juegan al escondite conmigo. Juraría que eres capaz de hacer que llueva, sólo porque sabes que me gusta la lluvia. Y te quitas los zapatos, para que no pueda oir tus pasos. Para que me coja desprevenida tu llegada. Llegas sigiloso, de puntillas y te cuelas en mi piel y en mi cabeza. No te quiero tan cerca. Me haces sentir vulnerable y no me gusta. Le dí a mis muros más centímetros de grosor, pero tú, cómo un duende mágico, los traspasas. No te paras, nada te frena. Vienes de frente y en cada palabra que te callas, en cada letra que te guardas me haces cada vez más prisionera. Y me atas a ti con cuerdas invisibles. Y lucho por soltarme y a la vez me quedo quieta. Y no quiero y lo deseo. Y te quiero y te reniego. Y te llamo y te aparto. Y te conviertes en  mis instantes. En esos que me llevan a la locura. Para luego borrarlos y así no recordarte. Y eres el agua que qu...

Parada número veinte

El autobús se detuvo en la parada número trece. Ese era su destino todas las mañanas excepto aquella, hoy era día de hacer gestiones y le tocaba ir más allá. La puerta se abrió y entró ella. Se la quedó mirando mientras caminaba hacia él con aire ausente. Su vestido se movía al compás de sus caderas. Los senos que se adivinaban detrás, le produjo un click de auténtico deseo en algún rincón de su cabeza. Aquella mujer llevaba escrita la palabra pecado hasta en el hueco de su garganta. Se fijó en su boca y se vió a si mismo saboreando hasta el último espacio de ella. Ella giró un poco la cabeza y lo miró, pero sin prestarle atención, cómo quién mira sin ver realmente.  Sólo fue un instante. Un segundo. Pero aquella mirada lo partió en dos. Se giró cuándo terminó de pasar y el contoneo de su trasero hizo que sintiese cómo su sangre hervía y le quemara cómo lava de volcán. No recordaba haber experimentado jamás aquél deseo tan intenso. Él era un hombre tranquilo, sosegado e incluso ...